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Oliver Sacks

El olfato perruno de un chico llamado Stephen

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Stephen era un estudiante de medicina de 22 años que había consumido demasiadas drogas (cocaína, PCP, anfetaminas) que, una vez más, confirmó la máxima de que la realidad supera a la ficción.

En este caso, la realidad superó a la ficción del protagonista de la novela (y luego película) El perfume, de Patrick Süskind. Lo que yo empecé a sentir después de la lectura de aquella novela fue una mayor intensidad en los olores cotidianos, sobre todo de los olores que desprendían individualmente las personas que se cruzaban conmigo.

En el caso de Stephen, aquella sensación se multiplicó por mil, y no precisamente por la lectura de El Perfume, sino por la ingesta de anfetaminas.

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La mujer que siempre oía música irlandesa en su cabeza

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Una de las cosas que deberían asumir las personas que afirman haber asistido a algún fenómeno paranormal, aportando su testimonio o el de otros como prueba de que verdaderamente ha sucedido, es que el cerebro humano es órgano que acostumbra a engañarnos, sin contar con que nuestros sentidos son fragmentarios y falibles.

Cualquier persona que oyera una voz en mitad de la noche que le dijera al oído que es, no sé, Alejandro Magno, probablemente empezaría a pensar que existe la vida después de la muerte. O tal vez acudiría a un exorcista.

Pero pocos pensarían en un neurólogo. Y muchos menos que oír voces tampoco es algo tan anormal.

Como tampoco lo es oír música, como le sucedió a una paciente del neurólogo Oliver Sacks. La mujer, en una noche de enero de 1970, tuvo un sueño muy intenso sobre su infancia en Irlanda. Y entonces, al despertar, siguió oyendo la música irlandesa que escuchaba en su infancia, 80 años atrás.

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Genios idiotas de la música (I)

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Todos conocemos a genios de la música. Wofgang Amadeus Mozart es el paradigma excéntrico y genial.

En el otro espectro, con aires más bizarros, está Joe Engressia, un hombre ciego de nacimiento pero con un coeficiente intelectual de 172. Egressia era capaz de emitir silbidos agudísimos a 2600 hercios, lo cual le hizo descubrir a los ocho años que podía efectuar llamadas telefónicas gratuitas. Sus compañeros de clase le llamaban Whistler (Silbador).

La cosa era tal que así: memorizaba los tonos de marcado de las centralitas, que luego reproducía silbándolos al auricular del teléfono para viajar por el mundo a través del hilo telefónico sin introducir nunca ni un solo centavo. Sin embargo, de resultas de los abusos sexuales a los que había sido sometido en su infancia por una monja durante su estancia en un internado, Joe Engressia, tras su paso por la universidad, decidió que siempre iba a contar con 5 años, sustituyendo así su nombre real por el de Joybubbles (burbujas alegres) y fundando la Iglesia de la Eterna Niñez.

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Superhéroes más cotidianos: la ciencia para hacer verosímil un superpoder (y II)

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A otro nivel muy superior se encuentra, por ejemplo, el filme El Protegido, de M. Night Shyamalan. Una historia de superhéroes narrado con un tempo lánguido, casi morfínico, donde se da prioridad a la psicología de los personajes en detrimento de la pirotecnia al uso. El salto fue importante, a pesar de algunas carencias, pues, al menos, ya no nos trataban como a idiotas.

En esta línea, el siguiente paso evolutivo lo ha dado Tim Kring con su excepcional serie Heroes (al menos en su primera temporada), que emitió la cadena estadounidense NBC. Una mezcla de la primera parte de X-men y la patina de realismo y profundidad de El protegido, sazonado todo ello con los cliffhangers de Perdidos o Prison Break. Personajes como el de Hiro Nakamura o Peter Petrelli nos resultan ciertamente próximos, no nos cuesta ningún esfuerzo identificarnos con sus reacciones ante el descubrimiento de sus superpoderes.

Los pasos, pues, parecen dirigirse hacia una normalización del género de los superhombres, que quizá culminará en la creación de historias tan maduras como puedan serlo otras. Historias sin acción, quizá. Y sin disfraces, ¡ojalá! Y sin mensajes mesiánicos. Historias mínimas. Y, si requieren cierta grandilocuencia, que ésta se produzca arrostrando todos los riesgos: nada de provincianismos, nada de síndromes de Frankenstein, nada de anumerismos, nada de saltarse a la torera la verosimilitud en aras de un mayor efectismo. Crear un superhéroe con capa y reflejos horteras no tiene ya ningún mérito. Crearlo con corbata, sida, feo o bajo los preceptos de una moral ambivalente, es decir, con problemas reales y humanos, sí, lo tiene, y mucho.

Veremos qué tal ha quedado Watchmen, de Zack Snyder.

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El mito de que los perros ven en blanco y negro

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Mucha gente cree que los perros ven el mundo en blanco y negro, como en una película antigua. Pero, irónicamente, muchos otros animales a los que les adjudicamos una visión en Technicolor, en realidad sólo lo hacen en blanco y negro.

Antes de resolver estas dudas, se impone una pequeña aclaración sobre cómo funciona la visión del color.

El color resulta de la interacción de la luz con la retina del ojo y es una consecuencia de la distinta sensación que producen en un observador luces de diferentes longitudes de onda. Así pues, el color no sólo es una invención de nuestro cerebro, sino una mezcla de invención junto con las características intrínsecas de la luz.

La visión del color depende de unos elementos anatómicos del ojo llamados conos, que, junto con los bastones (responsables de la visión en blanco y negro), se hallan en la retina. Los conos captan luz correspondiente a distintas longitudes de onda. Esto produce activaciones distintas en las células, y el conjunto de la información permite al córtex visual del cerebro construir la sensación de color.

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