Cuando estamos tratando con objetos tan diminutos y evanescentes como son las partículas que constituyen un átomo, de nada sirven ni los ojos ni el microscopio, ni siquiera el microscopio electrónico de barrido más potente del mundo.
En el propio CERN, en 1970 se empleaba una extraña máquina para desvelar los misterios del microcosmos: La Cámara de Burbujas de Gargamel. Pero, con todo, la forma más eficiente de notar la presencia de muchas partículas subatómicas es excitándolas para que revelen su existencia, al menos durante una fracción de segundo. Algo así como si lanzaran un grito de dolor.

Siguiendo el espíritu de esos manuales sobre temas complejos orientados a dummies o tontos, voy a tratar de explicaros de la forma más accesible y fácil lo que realmente es el experimento científico de moda en todo el mundo: El Gran Colisionador de Hadrones (
Se da una curiosa circunstancia en las disciplinas científicas. Cuando en un medio público se plantea un debate sobre historia, por ejemplo, los comparecientes suelen ser, en su mayoría, expertos en historia. Sin embargo, si se produce un debate relacionado con el ámbito científico, entonces la mayoría son intelectuales de letras y, solo ante el peligro, algún científico.
Hasta hace no mucho los sensores ópticos o fotodiodos no eran capaces de seguir la vida de un fotón, es decir, su trayectoria. La misión de un fotosensor es detectar un haz luminoso y registrar un fotón. Cuando esto sucede altera su energía e incluso absorbe parte de ella.