Los mundos virtuales son excelentes escenarios para hacer experimentos. Gracias a WoW, por ejemplo, hemos descubierto que el oro puede tener tanto valor tanto si es físico como virtual. Gracias a Second Life, se han hecho experimentos sobre cómo nuestro cuerpo (nuestra belleza o fealdad), influye en nuestra conducta, tal y como os expliqué en el artículo El efecto Proteo: la belleza determina la seguridad en uno mismo… incluso en un mundo virtual (I) y (y II). Y esto es sólo la punta del iceberg.
Otro experimento virtual ciertamente llamativo sirvió para demostrar cómo puede nacer el intercambio entre personas y cómo éste, hasta cierto punto, es natural que surja, además de positivo y necesario.
El experimento se realizó en 2004, en la Universidad George Manson en Virginia, a manos de Bart Wilson y Vernon Smith. En él, un grupo de voluntarios tomaron asiento frente a un ordenador, dispuestos a participar en juegos por dinero. En este juego, cada usuario poseía una aldea virtual, con su propia casa y terreno, al estilo Los Sims.
En su terreno, el usuario podía producir y consumir “unidades” virtuales rojas y azules durante breves sesiones de juego. El jugador sabía que, más tarde, mayor número de estas unidades supondría una mayor recompensa económica en el mundo real.
Lo que no sabía era que los jugadores estaban divididos en “impares”, que estaban programados para producir unidades rojas con mayor rapidez, y “pares”, que eran más rápidos con las unidades azules. Cada jugador podía ver en su pantalla lo que otros jugadores (dos, cuatro u ocho en total) estaban haciendo, y podía chatear con ellos durante cada segmento y en los lapsos de cien segundos entre segmentos.

Suena tan bonito pensar que la naturaleza es sabia, es buena y, sobre todo, que permanece en equilibro (un equilibrio que el vil ser humano se empecina en desestabilizar). Pero esta idea no es tan exacta como parece.
Si bien soy el primero al que le vienen ramalazos de convertirse en eremita para ver el mundo desde una atalaya, en plan que siga girando el mundo que yo me bajo, lo cierto es que todos nosotros estamos interconectados más de lo que creemos. Y, aunque el prójimo acostumbra a ser un tocacojones, sin el prójimo nuestras vidas serían miserables.
¿Cuánta comida hay en el mundo? ¿A cuánto nos toca a cada uno? ¿Para cuánto hay? ¿Cuándo llegará el colapso? ¿En qué momento el crecimiento demográfico será insoportable?
Acostumbramos a poner el capitalismo bajo sospecha. El brillo fenicio del vil metal nos parece execrable. La gente con mucha pasta nos produce arcadas. Los mercados nos recuerdan a tiburones disputándose la pitanza pública. Identificamos a
Tal y como os explicaba en mi anécdota
¿Puede haber alguna relación entre el mal olfato y un pene de dimensiones por debajo de la media?
Hay segmentos de nuestro
Como ayer me aproximé al ambiguo concepto de la inteligencia de un modo tangencial, hoy es justo encararnos con él y tratar de ir un poco más allá. 