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Matt Ridley

El experimento virtual de las unidades azules y rojas o el nacimiento del intercambio

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thesims.jpgLos mundos virtuales son excelentes escenarios para hacer experimentos. Gracias a WoW, por ejemplo, hemos descubierto que el oro puede tener tanto valor tanto si es físico como virtual. Gracias a Second Life, se han hecho experimentos sobre cómo nuestro cuerpo (nuestra belleza o fealdad), influye en nuestra conducta, tal y como os expliqué en el artículo El efecto Proteo: la belleza determina la seguridad en uno mismo… incluso en un mundo virtual (I) y (y II). Y esto es sólo la punta del iceberg.

Otro experimento virtual ciertamente llamativo sirvió para demostrar cómo puede nacer el intercambio entre personas y cómo éste, hasta cierto punto, es natural que surja, además de positivo y necesario.

El experimento se realizó en 2004, en la Universidad George Manson en Virginia, a manos de Bart Wilson y Vernon Smith. En él, un grupo de voluntarios tomaron asiento frente a un ordenador, dispuestos a participar en juegos por dinero. En este juego, cada usuario poseía una aldea virtual, con su propia casa y terreno, al estilo Los Sims.

En su terreno, el usuario podía producir y consumir “unidades” virtuales rojas y azules durante breves sesiones de juego. El jugador sabía que, más tarde, mayor número de estas unidades supondría una mayor recompensa económica en el mundo real.

Lo que no sabía era que los jugadores estaban divididos en “impares”, que estaban programados para producir unidades rojas con mayor rapidez, y “pares”, que eran más rápidos con las unidades azules. Cada jugador podía ver en su pantalla lo que otros jugadores (dos, cuatro u ocho en total) estaban haciendo, y podía chatear con ellos durante cada segmento y en los lapsos de cien segundos entre segmentos.

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El equilibro de la naturaleza… no existe

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naturaleza-viva1-1.jpgSuena tan bonito pensar que la naturaleza es sabia, es buena y, sobre todo, que permanece en equilibro (un equilibrio que el vil ser humano se empecina en desestabilizar). Pero esta idea no es tan exacta como parece.

A pesar de lo que dicen algunas organizaciones ecológicas, en el mundo natural no existe algún perfecto estado de equilibro al que un ecosistema regresará después de ser perturbado por el ser humano. No hay armonía. Tampoco la vegetación natural cubriría cualquier superficie si se abandonara a su suerte (típica imagen que podría servir para un publirreportaje).

Por ejemplo, el lago Victoria estaba completamente seco hace 15.000 años. Inglaterra estaba cubierta de hielo hace sólo 18.000 años (hace 120.000 años era un pantano). La Gran Barrera de Coral era parte de una cordillera de montañas costeras hace 20.000 años. La selva amazónica no deja de autoperturbarse: caídas de árboles, incendios, inundaciones…

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Todos nos necesitamos a todos: la utopía de ser autosuficiente

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Si bien soy el primero al que le vienen ramalazos de convertirse en eremita para ver el mundo desde una atalaya, en plan que siga girando el mundo que yo me bajo, lo cierto es que todos nosotros estamos interconectados más de lo que creemos. Y, aunque el prójimo acostumbra a ser un tocacojones, sin el prójimo nuestras vidas serían miserables.

En ese sentido, Thoreau se equivocó bastante cuando se fue a vivir al campo en plan autosuficiente. Primero porque si todos hiciéramos eso, la Tierra no soportaría nuestro impacto medioambiental (mirad el artículo Las ciudades son más ecológicas que el campo). Segundo: se sabe que la madre de Thoreau iba de vez en cuando a su cabaña a lavarle la ropa.

Y es que, hagamos lo que hagamos, seamos quienes seamos, todos compartimos rasgos culturales, sociales y políticos con sociedades distribuidas por todo el planeta. Por ejemplo, si te dedicas a los negocios, probablemente precisarás de la ayuda de la fonética asiria, de la imprenta china, del álgebra árabe, de la numeración india, de la doble contabilidad italiana, de las leyes mercantiles holandesas o de los circuitos integrados californianos.

Porque todos nosotros no sólo consumimos los recursos de otros sino también sus inventos. El pan que comemos fue concebido por primer vez en la Mesopotamia neolítica. La forma de hornearlo fue inventado por un cazador-recolector mesolítico. Porque, por separado, disponemos de escaso conocimiento, fragmentado y, con frecuencia, contradictorio. Pero colectivamente disponemos de cosas como la Wikipedia. El fin de esta cooperación es, tal y como dijo Adam Smith, “que una menor cantidad de labor produzca una mayor cantidad de trabajo”.

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¿Cuántas bocas podría alimentar el mundo?

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¿Cuánta comida hay en el mundo? ¿A cuánto nos toca a cada uno? ¿Para cuánto hay? ¿Cuándo llegará el colapso? ¿En qué momento el crecimiento demográfico será insoportable?

Para llegar a calcular estas estimaciones, quizá en primer lugar deberíamos saber cuánta tierra nos corresponde a cada uno de nosotros. A principios de 1970, el economista Colin Clark calculó que todos nosotros podríamos, en teoría, sobrevivir con sólo 27 metros cuadrados de tierra por cabeza. ¿Os suena a poco?

Sí, la verdad es que 27 metros no es demasiado: hasta la mayoría de mini apartamentos del centro de una gran ciudad son más grandes. Pero imaginad un simple tarro de tierra. Aunque no lo parezca a simple vista, el tarro estará atestado de vida. En un simple tarro, de promedio, puede haber diez mil millones de bacterias, casi todas desconocidas por la ciencia, casi un millón de levaduras; cientos de miles de hongos o mohos; y unos diez mil protozoos. Sin contar los nematelmintos, los platelmintos, los rotíferos y otras criaturas microscópicas, conocidas colectivamente como criptozoos.

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¿La posibilidad de ser asesinado disminuye gracias al comercio?

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gordongekko.jpgAcostumbramos a poner el capitalismo bajo sospecha. El brillo fenicio del vil metal nos parece execrable. La gente con mucha pasta nos produce arcadas. Los mercados nos recuerdan a tiburones disputándose la pitanza pública. Identificamos a Gordon Gekko con un antihéroe (y un cabrón desalmado).

Y hay algo de eso, sí. Pero el dinero, el capitalismo y las transacciones económicas podrían también estar detrás de los grandes avances de la civilización (moral, esclavitud, liberación sexual, crimen, filantropía, beneficios sociales varios, tecnología, etc.), a juicio de muchos analistas.

Por ejemplo, fijémonos en el crimen. Desde el siglo XVII, la posibilidad de ser asesinado no ha dejado de disminuir en toda Europa; y esta tendencia empezó en dos países especialmente comerciales: Holanda e Inglaterra. Como apunta el doctor de la Universidad de Oxford Matt Ridley: “El asesinato era diez veces más común antes de la revolución industrial con respecto a hoy en día”.

La conocida como curva de Kuznets establece que cuando el ingreso per cápita alcanza los cuatro mil dólares, las personas exigen la limpieza de los ríos y aire locales (ecologismo). En el Occidente de la posguerra, las personas empezaron a enriquecerse y a demandar horas de trabajo flexibles, pensiones y seguridad laboral (derechos del trabajador).

Algunas de estas tendencias pudieron producirse sin el concurso del comercio en la vida diaria, pero parece ser que el comercio las aceleró.

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¿Por qué la mayoría de gente es honesta en eBay?

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ebay-logo.jpgTal y como os explicaba en mi anécdota Ayer fui a la farmacia y me quisieron vender flores de Bach, uno de los pilares básicos de la civilización lo constituye la especialización del trabajo y, más adelante, de los conocimientos. Pero si queremos que el pilar no se desmorone o tienda a inclinarse peligrosamente como la torre de Pisa, entonces hay que fomentar la honestidad y la confianza y garantizar los controles del, digamos, tinglado.

Si nos venden un tratamiento que, por el momento, la ciencia considera fraudulento, en un lugar acreditado como es una farmacia, entonces se erosiona esta confianza. Como a continuación os explicaré, esta confianza se puede autosostener si los consumidores tienen comunicación entre sí y pueden poner de manifiesto que han sido estafados por determinada persona. Por ejemplo, si compramos un tubo de pasta de dientes, la usamos y resulta que dentro no hay más que agua, entonces el lugar, la marca o la persona que comercializa ese tubo de pasta de dientes no tardará en ser marginado (y si disponemos de una tribuna pública, esta marginación será mucho más rápida).

Pero en temas complejos, como los fármacos, no es suficiente con la percepción subjetiva del consumidor: en ella se mezcla el placebo, las remisiones espontáneas de la enfermedad que provocan distorsiones en la relación causa-efecto, los comentarios ajenos del tipo “a mí me ha funcionado”, etc. Por ello los medicamentos precisan de controles externos llevados a cabos por expertos o por experimentos, al igual que la instrucción de un caso sólo puede llevarla a cabo un juez y no un lego en leyes.

Pero en productos donde no entren estas sutilezas, los mecanismos de control no necesariamente deben ser muy exhaustivos; y menos aún si hablamos de Internet.

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Síndrome de Kallmann: mal olfato y pene pequeño

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¿Puede haber alguna relación entre el mal olfato y un pene de dimensiones por debajo de la media?

Para responder a esta pregunta habría que remontarse a 1856, cuando Aureliano Maestre de San Juan, un médico español, realizó la autopsia a un hombre de 40 años que no tenía sentido del olfato (carecía de bulbos olfatorios) y presentaba un pene y unos testículos diminutos.

Años después, en 1944, el psicólogo Franz Kallmann describió el síndrome de gónadas pequeñas y ausencia de olfato como un trastorno genético raro.

Tras arduas investigaciones se ha hallado uno de los tres genes que intervienen en este síndrome: el llamado KAL-1. Este gen se activa aproximadamente 5 semanas después de la concepción, pero no en la nariz ni en las gónadas, sino en la parte del cerebro embrionario que se convertirá en el bulbo olfatorio.

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¿Eres met-mets, val-vals o met-vals?

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Hay segmentos de nuestro ADN que determinan rasgos muy concretos de una personalidad. Echemos un vistazo a uno. El gen de una proteína llamada factor neurotrófico derivado del cerebro o BDNF (Brain-derived neurotrophic factor), situado en el cromosoma 11.

Es un gen corto, un fragmento de texto de ADN de una longitud de 1.335 letras.

Este gen tiene como función estimular el crecimiento de las neuronas, y probablemente hace otras muchas cosas.

Sin embargo, en la mayoría de animales, la letra 192 del gen es G, pero en algunas personas es A. Unas tres cuartas partes de los genes humanos portan la versión G, el resto la versión A.

Esta pequeña diferencia provoca que se fabrique una proteína con una metionina en lugar de la valina que ocupa la posición 66 de la proteína. Como todos tenemos dos copias de cada gen, eso significa que hay tres clases de personas en el mundo:

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Breves apuntes sobre la inteligencia humana (y las trompas de elefante) (I)

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Como ayer me aproximé al ambiguo concepto de la inteligencia de un modo tangencial, hoy es justo encararnos con él y tratar de ir un poco más allá.

¿Qué es la inteligencia? ¿Se puede cuantificar? ¿Es heredable o producto del ambiente? ¿Unos presuntos extraterrestres “inteligentes” estarían interesados en nosotros más que en, por ejemplo, los elefantes? Si a nivel evolutivo la inteligencia y una trompa de elefante son construcciones similares y no hay pruebas de que una inteligencia mayor produzca un mayor índice de supervivencia, ¿hay esperanzas para hallar seres en otros planetas que sean inteligentes tal y como lo somos nosotros más allá de que podamos encontrar seres con trompas de elefante?

Todas estas preguntas no tienen fácil respuesta y todavía hoy nos hallamos inmersos en su esclarecimiento.

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El par de cromosomas que nadie contó

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Somos simios, un grupo que casi se extinguió hace quince millones de años compitiendo con los monos mejor diseñados. Somos primates, un grupo de mamíferos que casi se extinguió hace cuarenta y cinco millones de años compitiendo con los roedores mejor diseñados. Somos tetrápodos sinápsidos, un grupo de reptiles que casi se extinguió hace doscientos millones de años compitiendo con los dinosaurios mejor diseñados. Descendemos de peces con patas que casi se extinguieron hace trescientos sesenta millones de años compitiendo con los peces de aletas radiadas. Somos cordados, un filo que sobrevivió por los pelos a la era cámbrica hace quinientos millones de años compitiendo con los artrópodos, brillantes triunfadores. Nuestro éxito ecológico se dio a pesar de todos los factores en contra.

Son las palabras de Matt Ridley en su fabuloso libro Genoma.

La criatura con el cerebro más grande del mundo en proporción a su cuerpo fue probablemente nuestro antepasado, un simio. En ese instante, hace 10.000 millones de años, seguramente existían dos especies de simio en África, aunque cabe la posibilidad de que existieran más.

Uno era el gorila y la otra el antepasado común del chimpancé y el ser humano. Todo esto lo sabemos gracias a los genes, que son como un registro de nuestra historia biológica.

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