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La tabula rasa

Los niños juegan con coches y las niñas, con muñecas

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Así es. Los niños prefieren jugar con coches y las niñas, con muñecas, independientemente de queramos que sea de otra forma (entonces no será raro comprobar cómo el niño convierte a la muñeca en piloto de Fórmula 1 y la niña acuna al coche para que se duerma por las noches). Es algo intrínseco a nuestro sexo. Es algo biológico. Está más allá de la psicología o las buenas palabras de meapilas de lo políticamente correcto y de quienes, guitarra en mano, ya sabéis, dú-dúa, dicen que el sexo es una construcción social y que si unos padres homosexuales adoptan un niño, el niño acabará siendo también homosexual, o jugando a muñecas.

Me da la risa locuela cuando oigo cómo algunos sostienen que no podemos estar determinados en tal grado por nuestros genes, sin advertir que su alternativa (estar determinados socialmente, culturalmente) es igualmente una determinación, si acaso más maquiavélica.

Los videojuegos no nos vuelven más agresivos; la influencia de nuestros padres en nuestra forma de ser es prácticamente nula (exceptuando la herencia genética); el sexo viene de serie. Son cosas que poco a poco estamos descubriendo. Que los genes nos predestinan a una escala que Calvino nunca imaginó, que los genes superan al horóscopo y a la bola de cristal, y que ninguna teoría de causalidad humana, freudiana, marxista o cristiana ha sido nunca tan precisa como ahora se revela el alfabeto genético.

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