Dicen que un tonto sigue siendo tonto aunque use birrete. Algo parecido podría adjudicarse a Internet y su aparente capacidad para tornar más multifacética la opinión de la gente.
Es cierto que gracias a Internet todo el mundo puede decir la suya (aunque jamás desaparecerán quienes apliquen la censura directa “quita eso” o la indirecta “quita eso porque me ofende y/o es falso“). Sin embargo, las cosas no son tan bonitas como parece. Y el ser humano arrostra unos mecanismos psicológicos que no pueden desvanecer ni la blogosfera, ni los chats ni las redes sociales.
¿Entonces qué falla? Internet facilita el acceso a la información y también su transmisión a un coste muy bajo. ¿Por qué Internet no nos ha acercado políticamente? ¿Por qué generalmente no discutimos los asuntos cotidianos en una suerte de diálogo democrático ideal? ¿Tal vez hay cerebros de derechas y cerebros de izquierdas? ¿Cerebros escépticos y cerebros creyentes?

Por muy independientes o autónomos que nos consideremos, lo cierto es que todos nos fijamos en los demás a fin de fijar nuestros valores sobre las cosas, lo que es importante o no, lo que gusta y no gusta, etc.
Ya lo decía el filósofo Gustavo Bueno: 100 individuos, que por separado pueden constituir un conjunto distributivo de 100 sabios, cuando se reúnen pueden formar un conjunto atributivo compuesto por un único idiota.