Otro caso que demuestra que hacer investigaciones científicas patrocinadas por marcas comerciales es un mal negocio es el de la doctora Nancy Olivieri, de la Universidad de Toronto, una especialista internacionalmente reconocida en la talasemia, una enfermedad de la sangre.
El estudio que le financió la empresa farmacéutica Apotex en 1998 se centraba en la eficacia de la deferiprona en jóvenes pacientes que sufrían talasemia. Pero Olivieri halló que la deferiprona no era segura: podía tener efectos secundarios peligrosos. Sin perder tiempo, Apotex canceló el estudio y amenazó a Olivieri con sus abogados si daba a conocer públicamente los resultados.
Pero Olivieri, cuyo código deontológico tenía más peso que la cláusula que inadvertidamente había firmado al asumir el contrato de patrocinio de Apotex, acabó publicándolo todo en The New England Journal of Medicine. La universidad, sin embargo, se puso de parte de Apotex y destituyó a Olivieri de su alto cargo de investigadora del hospital. Tras una larga polémica pública, Olivieri fue de nuevo restituida en su puesto.

De todos es sabida la dificultad que entraña obtener fondos para la investigación científica. Para paliar en algo ese mal endémico, muchas universidades ofrecen sus instalaciones científicas para que las empresas las usen para sus fines. Por ejemplo, para diseñar nuevos esquís Nike.