Las palomas ya forman parte de nuestra geografía urbanita. Una de las razones más poderosas para ello es la debilidad humana por las criaturas que nos parecen indefensas. ¿Quién no ha visto a un anciano lanzando pan seco a las palomas?
Algo parecido ocurre con los gatos callejeros, que además recurren a artimañas sonoras para estimular nuestra pena. Gatos callejeros que piden y piden hasta que los vecinos, misericordiosos, les entregan los restos de la cena, a sabiendas de que contribuyen a la superpoblación descontrolada de mininos y que, las noches subsiguientes, regresará el gato con más amigos a reclamar más comida so pena de formar una escandalera apocalíptica.
Sabiendo todo eso, la gente continúa tropezando en sus chantajes emocionales. Y es que hay gatos que casi parecen seres humanos a la hora de manifestar su hambre.
Pero de los gatos ya hablamos en otra ocasión, hoy tocan las palomas. Debido a la facilidad que les damos para que se alimenten, estimulamos su reproducción de manera alarmante. El resultado es que ya hay palomas que se reproducen sin descanso: algunas hembras ponen huevos 6 veces al año y en cada nidada tienen alrededor de 12 pichones.
