Veíamos que, para demostrar su poder y avergonzar a sus rivales, los amerindios más poderosos de esta región se dedicaban a destruir alimentos, ropas y dinero, literalmente los despilfarraban, incluso llegando a prender fuego a su propia casa. Como si encarnaran al protagonista de esa mala comedia de los años 80 protagonizada por Richard Prior que, para obtener toda la herencia de un pariente lejano, debía primero gastar 1 millón de dólares en un tiempo récord: El gran despilfarro.
No son los únicos ejemplos de tribus ancestrales entregadas al despilfarro por el despilfarro. Entre los pueblos de Melanesia y Nueva Guinea también se daban casos de donaciones por partes de los Big Men (Grandes Hombres) en festines dionisíacos altamente competitivos.
Por ejemplo, entre el pueblo de habla kaoka de las Islas Salomón, se pueden organizar estas obscenas muestras de ostentación acumulando kilos y kilos de pescado seco, 5.000 tartas de ñame y coco, 19 cuencos de budín de ñame y 13 cerdos. El Big Men reparte a partes iguales todo lo obtenido entre las personas que le han ayudado a obtenerlo y él, simplemente, se queda con los restos, sobre todo los huesos y los alimentos más estropeados, como el mejor y más hospitalario de los anfitriones.

Se tiende a considerar que vivimos tiempos convulsos, crepusculares, en los que casi se oyen de lejos las trompetas del Apocalipsis. Y bueno, en cierta forma es así. Pero también es verdad que esa tendencia ha existido siempre, en todas las épocas de la historia: consultad las reflexiones de cualquier mente preclara de hace siglos y os dará la impresión de que está fiscalizando el siglo