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¿Por qué hay países más honestos y educados que otros?

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Nietzsche distinguía entre culturas apolíneas y dionisíacas. Una división un tanto tosca que fue perpetuada por trabajos de antropología como Patterns of Culture, una recopilación etnográfica de la antropóloga Ruth Benedict. Actualmente son pocos los antropólogos y sociólogos que invocan esta dicotomía, lo cual no significa que el mundo no pueda dividirse en diversos tipos de sociedad. Y que en unas nos apetecería vivir mucho más que en otras.

Por ejemplo, las sociedades más estables y prósperas son, también, las sociedades donde existe mayor confianza y honestidad. El 68 % de los suecos y el 59 % de los finlandeses, por ejemplo, afirman que se puede confiar en casi todo el mundo. Pero en Ruanda y Turquía solo el 5 % coincide con esa opinión, como revela un estudio de Jeff Butler, Paola Giuliano y Luigi Guiso.

Cuestión de honestidad

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Para medir los cálculos de costes y beneficios que supone ser honesto en una sociedad se puede recurrir a un experimento denominado El juego del Ultimátum. Según el resultado, podremos saber si el contexto social es propicio para la confianza o la desconfianza.

El juego del Ultimátum consiste en plantear un escenario en el que a un jugador A se le entrega dinero con la orden de que lo comparta con el jugador B. Si el jugador B se niega, porque la parte que se le entrega le parece injusta, los dos jugadores pierden el dinero.

El juego del Ultimátum consiste en plantear un escenario en el que a un jugador A se le entrega dinero con la orden de que lo comparta con el jugador B. Si el jugador B se niega, porque la parte que se le entrega le parece injusta, los dos jugadores pierden el dinero. El jugador B, empleando la lógica económica, siempre debería aceptar. Por muy poco dinero que se le ofrezca (por ejemplo, de 20 dólares entregados, imaginemos que le tocan 1 o 2), es mejor este poco que ninguno.

Sin embargo, la gente rara vez muestra este tipo de comportamiento. Si el jugador B observa que el jugador A está siendo muy egoísta o injusto, entonces preferirá perder esos pocos dólares si a cambio puede evitar que también se lleve su parte el otro como forma de venganza.

Los resultados que se obtienen en cada sociedad son distintos y se correlacionan fuertemente con una constante: las sociedades en las que se comercia poco fuera de la unidad familiar experimentan menor presión social para compartir y, por tanto, les resulta más provechoso ser egoístas. Las sociedades donde más se comparte el estigma social del egoísmo es más gravoso y, en consecuencia, se evita en mayor medida. Eduardo Porter, en su libro Todo tiene un precio, habla de dos sociedades que representan estos paradigmas:

En los bosques tropicales del sur del Perú los aldeanos de Machiguenga que practicaron el juego del ultimátum ofrecieron de media un 26 por ciento de su dinero. Pero los haché de Paraguay a veces llegan al extremo de ofrecerlo todo. Y la mayoría de los balleneros de Lamalera, en Indonesia, ofrecieron al menos la mitad.

Por su parte, el sociólogo holandés Geert Hofstede publicó un trabajo basado en encuestas de ciudadanos de clase media de más de un centenar de países, concluyendo que hay cinco dimensiones que distinguen a los países entre sí.

  • Índice de distancia al poder (PDI): la relación de las personas hacia la autoridad y la jerarquía. Suecia y Austria, por ejemplo, tienen un bajo PDI. Bélgica y Francia lo tienen más alto.
  • Individualismo versus colectivismo (IDV): aquí se mide las culturas según su confianza en que el individuo cuide de sí mismo. El país que está en lo más alto de esta escala es Estados Unidos. En el puesto más bajo está Guatemala.
  • Evasión de la incertidumbre (UAI): determina hasta qué punto la gente confía en las reglas y en los procedimientos fijos, independientemente de las circunstancias. Las culturas más incapaces de tolerar la incertidumbre y que precisan de reglas claras son, por orden, las de los siguientes países: Grecia, Portugal, Guatemala, Uruguay y Bélgica. Las culturas capaces de tolerar la incertidumbre, amantes de la flexibilidad y la informalidad son, por orden, las que se relacionan a continuación: Singapur, Jamaica, Dinamarca, Suecia y Hong Kong.
  • Masculinidad versus Feminidad (MAS): la importancia atribuida a valores tradicionalmente masculinos o femeninos. Las culturas masculinas, las personas (sean hombres o mujeres) dan valor a la competitividad, la asertividad, la ambición y la acumulación de riqueza. Las culturas femeninas prefieren las relaciones personales y la calidad de vida. Islandia es un buen exponente de esto último
  • Largo plazo versus Corto plazo (LTO): las culturas orientadas al largo plazo valoran las cuestiones que afectan al futuro, persistencia o perseverancia, austeridad y vergüenza. Las orientadas a corto plazo valoran las cuestiones del pasado o el presente, estabilidad inmediata, protección personal, respeto por la tradición, reciprocidad de los saludos, los favores y los regalos a nivel inmediato, etc.

Aquí se pueden comprobar las dimensiones en cada país, así como establecer comparaciones entre estados concretos.

Finalmente, las sociedades más honestas y cívicas también son las que tienen las calles más limpias. Inconscientemente, si estamos en un entorno desordenado o sucio, actuamos de forma más irresponsable. Incluso se producen, porcentualmente, más actos vandálicos. Ello ocurre porque la limpieza de las calles obra como la señalización de una norma social: ‘este es el tipo de sitio donde la gente obedece las reglas’. En criminología, a esta constante se la conoce como Teoría de las Ventanas Rotas, a propósito del artículo con el mismo nombre de James Q. Wilson y George L. Kelling, que apareció en la edición de marzo de 1982 de The Atlantic Monthly.

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Cuestión de confianza

En las sociedades donde existe confianza entre las personas y también en la policía, y en que las instituciones velen por el cumplimiento de la ley, la gente normalmente evita el ojo por ojo. En las sociedades donde el papel de la ley parece inefectivo, la venganza prospera y se asemeja más al ambiente de un saloon de vieja película del Oeste.

Las sociedades donde hay mayor probabilidad de morir también son las sociedades donde se cometen más crímenes violentos y el autocontrol brilla por su ausencia. De alguna forma es como si los ciudadanos pensaran «no tengo nada que perder», tal y como han señalado los biólogos Martin Daly y Margo Wilson. Ambos observaron en sus estudios que estas diferencias se aprecian incluso entre los barrios de una misma ciudad. Si la esperanza de vida es menor (sea o no causa de la propia violencia), el índice de crímenes violentos es mayor. Tal y como abunda en ello el psicólogo cognitivo Steven Pinker en su libro Los ángeles que llevamos dentro: «La correlación respalda la hipótesis de que, manteniendo constante la edad, los individuos son más temerarios cuando tienen menos años de vida no vivida en peligro».

Eso explicaría, en parte, la enorme discrepancia de crímenes violentos que existe entre Suiza, paradigma de la paz social, y Estados Unidos. En este último país hay 90 armas de fuego por cada 100 personas, lo que lo convierte en el territorio del mundo con más armas. Sin embargo, Suiza está en el cuarto puesto, después de Yemen y Finlandia. De modo que las armas no parecen volver violenta a la gente, sino el hecho de que uno se sienta responsable de defenderse de los demás con ellas. En Suiza hay una gran confianza en las instituciones, seguida de calles limpias ausentes de vandalismo. Por el contrario, en Estados Unidos sucede justo lo contrario. Pero no en todo el país por igual, sino mayormente en el sur. El norte de Estados Unidos, de hecho, guarda muchas similitudes con Suiza, pero es el sur el que desestabiliza la balanza nacional de la postura.

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Occidente y Oriente

Para demostrar cuán diferente piensan los asiáticos respecto a los occidentales, Richard Nisbett, de la Universidad de Michigan; Hazel Markus, de Stanford; y Shinobu Kitayama, de Kioto, invirtieron varios años en elaborar experimentos clarificadores al respecto. El ejemplo más célebre quizá sea un trabajo de Nisbett en el que se mostraba imágenes de un acuario de peces a estadounidenses y japoneses. Ambos grupos debían explicar lo que estaban contemplando, localizándose así una constante: los estadounidenses describían mayoritariamente al pez más grande del acuario, pero los japoneses hicieron un 60 % más de referencias al contexto y a los elementos adicionales, como el agua, las burbujas, las plantas o las piedras del acuario.

Esta forma diferente de percibir la realidad podría tener raíces históricas. El pensamiento occidental, desde la época de la Grecia clásica, ha puesto el foco en el individuo, los rasgos permanentes del carácter y las categorías claramente definidas. Por el contrario, el pensamiento asiático ha hecho más hincapié en la holística, las relaciones, la armonía, la difusión de influencias. Rasgos que incluso constituyen los fundamentos de su medicina tradicional. Tal y como concluye el propio Nisbett en The Geography of Thought:

Así pues, para los asiáticos, el mundo es un lugar complejo, compuesto de sustancias continuas, comprensible con respecto al todo más que a las partes y sujeto más al control colectivo que al personal.

Así son las culturas. Algunas más cooperadoras, honestas y saludables. Sin embargo, las culturas no son convenciones locales de larga duración, sino que están sometidas a los dictados darwinianos al igual que los organismos biológicos: unas culturas tratan de comerse a otras en la cadena trófica y muchas de ellas se extinguen como dinosaurios para dar paso a las nuevas.

Imágenes | Pixabay

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