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El día en que la fe disminuyó y vinieron los espíritus a renovarla (I)

El día en que la fe disminuyó y vinieron los espíritus a renovarla (I)
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La fe es indestructible. Y no hablo de la fe racional, la fe basada en evidencias o incluso en inferencias, del tipo tengo fe en que mi padre no me asesinará mientras duermo o tengo fe en que mañana saldrá el sol. Me refiero a la fe irracional, la basada en prejuicios dogmáticos, en datos de mala calidad, en falacias de autoridad, en lo que dice la mayoría, en lo que intuimos (aunque lo intuido viole leyes que han sido validadas).

Fe del tipo sé algo aunque no sepa por qué lo sé y no sea capaz de demostrarlo ni repetirlo frente a otras personas.

La fe es indestructible porque, cuando se deposita sobre cualquier aspecto de la realidad, no tardará en cambiar de objetivo cuando aquél ya se haya devaluado, haya perdido demasiados fieles o sencillamente resulte tan ridículo que la razón no deje de palpitar “bip-bip-bip… eres un cazurro”.

Todos podemos tropezar en esta clase de fe. La diferencia, pues, no estriba tanto en que nos dejemos persuadir por ella o no (solo los superhéroes intelectuales están a salvo de estos errores cognitivos, y los superhéroes no existen). La diferencia sustancial estriba en quienes se esfuerzan día a día en evitar esta clase de fe y en los que se solazan en ella, e incluso exigen respeto por la misma (ese respeto que en realidad es: cállate, ni te atrevas a intentar desmotar mi castillo de naipes).

Por eso, si algún día se pierde la fe en las religiones vigentes, en las sectas más populares, o incluso en las pseudociencias con más gancho, la gente no tardará en inventar nuevas cosas en las que creer, más complejas, más difíciles de someter a un escrutinio científico. Y encima dirán: demuéstrame que no es así. Demuéstrame que no hay un dragón rosa invisible en mi casa. Tal y como ya nadie cree en Zeus hoy en día, si dentro de mil años nadie cree en Jesucristo, brotará espontáneamente otra deidad más creíble, o incluso un sistema de creencias apoyada en terminología científica de último cuño (ahí tenemos la homeopatía y la acupuntura ganando puestos, incluso a nivel académico).

(Si queréis profundizar en qué significa creer, diferencias entre fe raciona e irracional, rudimentos básicos de la epistemología, sutilidades del método científico, diferencias entre verdad y Verdad y otros asuntos sin tener que leer decenas de libros, os recomiendo uno de los mejores resúmenes que he leído nunca en Más allá de las imposturas intelectuales del físico Alan Sokal.)

Este proceso quedó más claramente de manifiesto en la época victoriana, justo cuando los británicos empezaron a disfrutar de avances científicos sin precedentes (sí, la ciencia suele funcionar como una luz que retira las sombras de una estancia, sombras en las que prosperan los miedos y los misticismos, sombras que se rellenan con creencias, pues los conocimientos aún no alcanzan). La Iglesia también fue perdiendo terreno frente a una nueva era de razón. Algunos escritores incluso anunciaron con entusiasmo que la batalla entre ciencia y fe por fin había concluido.

Sin embargo, en 1848 ocurrió algo que volvió a alimentar la fe maltrecha de muchos creyentes. Concretamente el 31 de marzo de 1848. En la próxima entrega de esta serie de artículos os desvelaré qué fue.

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