¿Podría un gato sobrevivir a una caída desde un rascacielos?

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La sabiduría popular lo tiene claro: los gatos tienen siete vidas, y además, aunque caigan desde mucha altura, siempre lo harán a cuatro patas, grácilmente. Pero ¿hasta qué punto esto es así?

Parece razonable pensar que un gato pueda sobrevivir a una caída de un piso, Incluso de dos. Pero ¿y a una caída de, por ejemplo, 32 pisos?

En un artículo titulado “El síndrome del edificio alto en los gatos”, publicado en 1987 en el Journal of the American Veterinary Medicine Association, se estudiaban las heridas y los índices de mortalidad de los felinos que habían sido trasladados al hospital tras una caída que oscilaba entre las 2 y las 32 plantas.

El índice de supervivencia era del 90 %.

Pero lo más llamativo era que, si bien la incidencia de heridas y de muerte alcanzaba su punto máximo en la planta número 7, a medida que se incrementaba la altura de la caída… entonces la mortalidad disminuía.

Esto sucedía a causa de tres variables principales que determinaba el índice de lesiones y de mortalidad: la velocidad adquirida, la distancia a la que el gato se ve obligado a parar y la zona del gato sobre la que se extiende la fuerza de parada.

El gato que cae tiene un área superficial superior a la proporción de masa de un humano que cae, y alcanza por tanto una velocidad terminal de unos 100 km por hora (aproximadamente la mitad que los humanos). Son capaces también de girarse de forma que el impacto se extienda por sus cuatro patas, en vez de por nuestras dos piernas. Y como son más flexibles que los humanos, pueden aterrizar con las extremidades flexionadas y difundir la fuerza del impacto a través del tejido blando.

Y ¿por qué aumenta la supervivencia del gato más allá de los 7 pisos de altura? Existe una hipótesis al respecto: el gato se pone tenso a medida que acelera, lo cual reduce su capacidad de absorción del impacto. Pero si se cae de mayor altura, tiene tiempo de alcanzar su velocidad terminal (deja de acelerar), con lo cual el gato se relajará un poco más (todo lo que pueda relajarse un animal que observa que está cayendo en picado desde una altura descomunal), aumentando así su flexibilidad y el área de la sección transversal sobre la que el impacto se difunde.

Cuando un gato aterriza, dobla las patas para absorber el impacto como hacemos nosotros con las rodillas. Esa acción empujará evidentemente el cuerpo hacia el suelo, sobre todo la cabeza, gracias a que tiene cuatro patas. Por encima de cierta altura, esta acción de doblarse pondrá la barbilla en contacto con el suelo y por eso los gatos que caen o saltan desde una gran altura impactan con fuerza en el suelo y se destrozan la mandíbula.

Es por ello que los veterinarios acostumbran a atender a gatos con lesiones en la mandíbula.

Así describí el biólogo J. B. S. Haldane en 1927 los riesgos de diferentes animales al precipitarse desde las alturas, en Mundos posibles y otros ensayos:

Una rata muerte, un hombre queda destrozado, un caballo revienta. Pues la resistencia que ofrece el aire al movimiento es proporcional a la superficie del objeto que se mueve. Divide la longitud, la anchura y la altura de un animal por 10 cada una; el peso se reduce a una milésima, pero la superficie sólo a una centésima. Así que la resistencia a la caída en el caso del animal pequeño es comparativamente diez veces mayor que la fuerza impulsora. Por tanto un insecto no teme a la gravedad; puede caer sin peligro y puede aferrarse al techo sin demasiado problema.

Vía | ¿Hay algo que coma avispas? de Mick O´Hare

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