En 2008, casi todos los españoles tararearon alguna vez la canción Baila el chiki-chiki de Rodolfo Chikilicuatre. Quién más o quién menos no ha podido evitar que se les colara en la mente temas de Rafaella Carrá o Georgie Dan.
Como si nuestro cerebro fuera una manzana y un gusano musical se hubiera alojado en él.
Así es precisamente cómo llaman al fenómeno consistente en que, de pronto, empecemos a tararear o silbar determinadas canciones y ya no podamos quitárnoslas de la cabeza: gusano auditivo o neurogusano.
Habla de ello el neurólogo Oliver Sacks en su libro Musicofilia, llegando a comparar el neurogusano con “un tic o un ataque”. De algún modo, las notas musicales de la canción nos han infectado, como si fueran un virus. La razón de que nuestro cerebro sea tan proclive a dejarse contaminar por canciones como éstas (generalmente un poco bobas) es que nuestra mente trata de completar una melodía inconclusa (según algunos psicólogos) o sencillamente es la manera de que la mente siga trabajando mientras está ociosa (según otros).
Desde el punto de vista de la memética, es decir, la teoría que propone que la existencia de los memes (unidades de una cultura que pueden considerarse transmitidas por medios no genéticos, especialmente por imitación), la explicación es un poco más compleja.

El cómo y el por qué se inició el proceso del habla en los seres humanos es un debate aún controvertido. Tanto es así, que ya en 1866, la Société de Linguistique de París optó por atajar cualquier tipo de especulación sobre el tema.
Según la sociobiología, nuestra forma de elegir pareja y nuestras preferencias relativas al aspecto físico son en el fondo producto de una ventaja genética. En principio, tendemos a desear emparejarnos o mantener relaciones sexuales con aquellos que en el contexto de nuestro pasado evolutivo incrementaban nuestro legado genético.
Mucho se ha escrito de la existencia de la homosexualidad, la masturbación o el adulterio desde el punto de visto psicológico, biológico y hasta sociológico.