Las películas, esencialmente, sirven para pasárselo bien, como cualquier otro ocio. Sin embargo, las películas, al igual que los libros, pueden aportar más cosas además de puro entretenimiento. Con las películas de superhéroes, sin embargo, parece que hay una excepción.
Al menos si atendemos a su verosimilitud narrativa. No es que Thor, Capitán América o Linterna verde sean poco creíbles, aburridas y planas en general, sino que tratan al espectador como si nunca se hiciera preguntas. Preguntas básicas. El tipo de preguntas que se haría un niño de 11 años.
Esto ya lo desarrollé más extensamente en Superhéroes más cotidianos: la ciencia para hacer verosímil un superpoder (I) y (y II), pero leyendo uno libro del matemático John Allen Paulos, Érase una vez un número, he encontrado una respuesta suplementaria. Esa clase de películas, las de superhéroes, están concebidas exclusivamente para el disfrute ficcional, pero no para otra clase de disfrute, como el intelectual o el científico (con excepción, quizás, de El protegido, Misfits o Héroes).
Es lo que John J. McCarthy llamó, mediante una parábola, “La encrucijada del médico”. La premisa es la siguiente: un médico despierta un día con el poder de curar a cualquier persona simplemente rozando su piel. Puede curar todas las enfermedades, pero sólo de aquellas personas que tengan menos de 70 años.

