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Las pelis de superhéroes son tontas (las de fantasmas, todavía más)

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Las películas, esencialmente, sirven para pasárselo bien, como cualquier otro ocio. Sin embargo, las películas, al igual que los libros, pueden aportar más cosas además de puro entretenimiento. Con las películas de superhéroes, sin embargo, parece que hay una excepción.

Al menos si atendemos a su verosimilitud narrativa. No es que Thor, Capitán América o Linterna verde sean poco creíbles, aburridas y planas en general, sino que tratan al espectador como si nunca se hiciera preguntas. Preguntas básicas. El tipo de preguntas que se haría un niño de 11 años.

Esto ya lo desarrollé más extensamente en Superhéroes más cotidianos: la ciencia para hacer verosímil un superpoder (I) y (y II), pero leyendo uno libro del matemático John Allen Paulos, Érase una vez un número, he encontrado una respuesta suplementaria. Esa clase de películas, las de superhéroes, están concebidas exclusivamente para el disfrute ficcional, pero no para otra clase de disfrute, como el intelectual o el científico (con excepción, quizás, de El protegido, Misfits o Héroes).

Es lo que John J. McCarthy llamó, mediante una parábola, “La encrucijada del médico”. La premisa es la siguiente: un médico despierta un día con el poder de curar a cualquier persona simplemente rozando su piel. Puede curar todas las enfermedades, pero sólo de aquellas personas que tengan menos de 70 años.

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Superhéroes más cotidianos: la ciencia para hacer verosímil un superpoder (I)

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De pequeño quería ser Supermán. Lo que más deseaba en el mundo era volar y llevar la ropa interior por fuera. Y salvar a la gente.

Cuando nos hacemos mayores, enmascaramos ese deseo por sobresaltar mediante ardides menos llamativos: nos convertimos en artistas, millonarios, futbolistas o políticos, por ejemplo. Porque ésos son los verdaderos superhéroes: individuos que aprovechan sus habilidades para escalar socialmente (por supuesto, esto sólo es una tendencia inconsciente).

Pero aparco para otro día las sutilezas del altruismo, el egoísmo y el estatus, procelosos asuntos que requerirían un post aparte. Hoy me quiero centrar en la ingenuidad que destilan los superhéroes de ficción, los de portada de cómic, los que llevan mallas. Una ingenuidad que podría ser subsanada con un poco de ciencia.

Curiosamente, la mayoría de géneros de ficción basculan entre lo infantil y lo adulto, entre el encefalograma más plano y el infinitamente aserrado. Existen, por tanto, historias de amor tontas y predecibles, pero también las hay inteligentes y llenas de matices. Lo mismo sucede con las historias de gangsters. Con las comedias. O, incluso, con las de naves espaciales surcando el espacio (sin hacer chiu chiu al disparar su láser).

Con las historias protagonizadas por superhéroes, sin embargo, no ocurre lo mismo. El fiel de la balanza se inclina indefectiblemente hacia la ramplonería y la lisura psicológica, cuando no hacia la simple tomadura de pelo.

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