Uno de los eventos sociológicos a los que asisto con mayor curiosidad son las cenas familiares (sobre todo las que se celebran cualquier cosa). Una cena familiar es la metonimia de la dinámica social. Y, por tanto, también hay mucha impostura. También con el vino. En toda familia siempre hay el típico miembro que destaca por descorchar una botella de vino que su paladar de enólogo garantiza que nos fascinará.
Y claro, si alguno hace el amago de echarle gaseosa, no tardará en vociferar “vade retro, Satanás”, un vino como éste no puede malograrse con gaseosa, ignorante, provinciano, tuercebotas, bruto.
Pero ¿qué pasaría si la mayoría de la gente, en realidad, no captara el sabor del vino por el sabor del vino en sí sino por un efecto inconsciente que es su precio en el mercado? Entonces el vino sería como una prenda de un modisto italiano muy célebre en el papel cuché que vende 100 veces más cara su ropa aunque su ropa no es 100 veces mejor. El vino sería sólo moda, distinción e impostura.

Muchas secuencias del genoma procedentes de duplicaciones, translocaciones y recombinaciones de virus, etc, parecían no tener utilidad alguna.