Rosenhan

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David Rosenhan Cuando una persona tiene, por ejemplo, un brazo roto o un apendicitis, solemos afirmar que está enfermo. Y no pasa nada: la persona sigue siendo la misma hasta que finalmente se cura y nos olvidamos de la enfermedad. ¿Pasa lo mismo con las enfermedades mentales? Por ejemplo, si a alguien se le diagnostica una esquizofrenia, una vez que ha pasado, ¿está totalmente curado? ¿O queda algo? ¿Cómo se sabe una cosa así? Es más: ¿somos capaces de distinguir una persona normal (si es que ese concepto existe) de una persona con una enfermedad mental? Bien, si nosotros no, nos ponemos en manos de los especialistas: ¿saben ellos? ¿seguro? Bien, esa es la pregunta que se hizo David Rosenhan allá por el año 1972. Así que se le ocurrió una idea. Propuso a una serie de amigos así como él mismo, ir cada uno de ellos a diferentes centros psiquiátricos diciendo que oía voces. Dichas personas, los pseudopacientes, eran un estudiante de psicología de alrededor de veinte años, tres psicólogos, un pediatra, un psiquiatra, un pintor y una ama de casa. Ninguno de ellos había tenido antecedentes de enfermedad mental. En total hicieron la prueba con diferentes hospitales, un total de doce, con mejor y peor fama, públicos y privados y de diferentes estados en EEUU. Tenían que decir que oían voces, en que oían las palabras "vacío", "hueco" y "apagado". Una vez ingresados tenían que comportarse de forma totalmente normal. No se tragarían las pastillas que les dieran, sino hacerlo ver para luego tirarlas. La cuestión era si el personal médico se daría cuenta de que no tenían realmente nada. Pues bien, los pseudopacientes estuvieron internados una media de 19 días, 7 el que menos y 52 el que más. Al recibir el alta, los médicos dejaron bien claro que los síntomas estaban en remisión y que no estaban completamente curados. Curiosamente, los que sí se dieron cuenta fueron algunos enfermos que les decían cosas como: "Tú no estás loco: debes ser un maestro o un periodista que está estudiando este hospital". Rosenhan publicó un artículo en la revista Science donde explicaba los pormenores del experimento. El título de aquella publicación es On Being Sane in Insane Places (Estar cuerdo en sitios de locos). Contrariamente a lo esperado, se ganó el desprecio de muchos psiquiatras. Más aún, un hospital negó la validez del experimento y lanzaron un reto a Rosenhan: que enviara a todos los pseudopacientes que quisiera, asegurandole que los detectarían. Nuestro hombre aceptó el desafío. Al cabo de tres meses, un total de 193 personas fueron al hospital a ingresar en dicho hospital. Toda la plantilla: enfermeras, psicólogos, médicos... Todos estuvieron bien atentos. Finalmente dijeron, con orgullo que habían reconocido a 41 impostores. Parecía que Rosenhan iba equivocado. Pero no era así. De hecho, no había enviado a nadie. Vamos, que 41 personas que podían tener algún problema y quizás grave fueron enviados a casa calificándolos de impostores. Entonces, vista esta experiencia, ¿cuando se considera que una persona es cuerda o no? ¿Es acaso loca una persona simplemente por haber estado en una institución mental? Da para pensar. Y la solución a este problema no es sencilla, pues a este experiencia le podemos sacar un poco más de jugo y tiene relación con los errores de tipo 1 y 2. Lo que había sucedido la primera vez, es un error de tipo 1, que es el sesgo de los especialistas a tomas por enferma una persona sana o un falso positivo. Sin embargo, en la segunda parte, los especialistas habían cometido un error del tipo 2, que es un falso negativo. Pero si nos ponen a preferir cuál de los errores es mejor cometer, entonces es mejor errar por el lado de la precaución, a sospechar de la enfermedad, incluso entre los sanos. Otra cosa es que deberían planteárselo y aceptar que pueden equivocarse... y cambiar de opinión.

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