
La primera referencia que se tuvo del Everest pasó desapercibida bajo el extraño nombre de Chomolungma en un mapa del siglo XVIII, realizado por el geógrafo d’Anville, quien recogía lo que le habían dicho los misioneros jesuitas de boca de los lamas tibetanos. Se sabía que ese extraño nombre significaba Diosa Madre de la Tierra, pero no podían sospechar que se trataba de la montaña más alta del mundo.
El Everest no estaba geográficamente bien situado para ser medido, ya que quedaba ensombrecido en primer plano por otras montañas que parecían más altas. En el año 1808, un equipo de topógrafos británicos ayudados por oficiales de la Indian Survey emprendieron la tarea de localizar y dar nombre a la montaña más alta del mundo.
