La cultura popular, tan machacona ella, nos ha hecho creer a menudo que los sabores son como el hilo de Ariadna que nos lleva a recuerdos de una forma que ningún otro sentido es capaz. Ahí tenemos el famoso inicio de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, cuya trama es desencadenada a través del sabor de una magdalena que le recuerda a las magdalenas que comía de pequeño.
Pero la ciencia ha demostrado que las magdalenas proustianas nada tienen que hacer con un buen olor a la hora de recordar hechos y sentimientos asociados.
Las células gustativas son mediocres y cuando mueren no se renuevan con facilidad. Sin embargo, las células olfativas son mucho más interesantes. Se describen así en el libro Por qué somos como somos de Eduardo Punset:
