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Popeye

Odio las espinacas. Siempre las he odiado y siempre las odiaré. Ecs. Su sabor me resulta vomitivo. Su olor me produce náuseas. Sin embargo, un tal Popeye y una sociedad analfabeta y gregaria convenció a mi madre de que debía comer espicanas día sí y día también para absorber sus infinitos yacimientos de hierro.

Y es que los saberes populares y los remedios de la abuela siempre revisten este problema: o son verdaderos y funcionan o son completamente falsos y parece que funcionan.

Pero ¿por qué...

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