Todos somos conscientes de que, al dirigirnos a un bebé, lo hacemos de una forma diferente. En una lengua ligeramente distinta a la que empleamos al dirigirnos a cualquier otra persona. Una lengua que tiene las mismas características en todas las culturas del mundo.
Es lo que se ha venido a llamar LAN (o IDS en sus siglas inglesas): la particular forma en la que los adultos de todas las culturas del mundo hablan a los niños hasta que adquieren plena competencia lingüística (es decir, hasta los tres años, aproximadamente). La Lengua Adaptada a los Niños o maternés (si nos guiamos por una traducción literal de motherese) se caracteriza por un tono alto, mayor variación tonal, vocales y pausas articuladas exageradamente, frases breves y elocuentes y repeticiones para asegurar el mensaje.
Algo así: Holaa, bebééé… ¿quién te quiere a tiiii? ¿Ehhh? ¿Quiéééén?
Lo que no resulta tan obvio es lo que sucede cuando no estamos nosotros. Es decir, la forma que tienen de hablar los bebés cuando sus padres no están en la habitación. Gracias a un fascinante experimento realizado a principios de 1980, el llamado Narratives from the Crib (Narraciones desde la cuna) ahora sabemos que los bebés también tienen su propio idioma personal.
