El lenguaje técnico–científico no es uniforme. Cada rama del saber, cada disciplina, utiliza un lenguaje propio. Más que de un solo lenguaje científico pues, habría que hablar de variedades o subsistemas que coinciden en unas características comunes.
No se trata de un lenguaje arcano ni de argot y su finalidad no es la de no ser entendido por otros, sino la de ser riguroso y preciso. Usa la lengua en su función metalingüística, es decir, para explicarse y con un léxico unívoco, o sea, con un referente único para evitar que pueda inducir a dos conceptos o realidades diferentes.
Todo esto está muy bien en la teoría, pero en la práctica muchas veces los científicos acuñan términos científicos en base a sus ideas, prejuicios o manías. En algunos casos, hasta es divertido comprobar el origen de algunas de ellos.
Linneo, científico y naturalista sueco, acuñó muchas palabras para el mundo de la botánica con cierta relación con la sexualidad. Le impresionó particularmente la similitud entre ciertos bivalvos y las partes pudendas femeninas. A las divisiones de una especie de almeja le dio los nombres de “vulva”, “labios”, “pubes”, “ano” e “himen”. Agrupó las plantas según la naturaleza de sus órganos reproductores y sus descripciones de las flores y de su conducta están llenas de alusiones a “relaciones promiscuas”, “concubinas estériles” y “lecho nupcial”. Clitoria, Fornicata y Vulva eran otras de las palabras que empleaba.
También eligió el nombre de un competidor, Siegesbeck, para dar nombre a una mala hierba a la que denominó sin pudor alguno siegesbeckia.
