Dicen que no hay nadie como una madre. Para algunos animales, esta sentencia adquiere tanta fuerza que poco importa que la madre sea un simple trozo de alambre con forma vagamente maternal.
Pero el psicólogo Harry Harlow fue mucho más allá: en el fondo lo que importa es que nos den cariño, así que se preferirá a una madre blandita y agradable a un trozo de alambre, aunque el trozo de alambre dispense mayor cantidad de alimentación.
O dicho con otras palabras: el amor maternal es una emoción que no precisa ser alimentada con un biberón o con una cuchara. El amor está por encima de las cosas materiales.
Para demostrar esto, Harlow persuadió a Robert Zimmerman para realizar un experimento con monos. Colocaron 8 crías de mono en jaulas separadas y en cada una de ellas había un modelo de madre hecho de tela y otro hecho de alambres.
Las manos de alambre tenían un dispositivo por el que se podía beber lecho. Las de tela, no. Lo lógico es pensar que los monos optaron por las madres de alambre: vale, son de alambre, pero dan más comida que las de tela. Sin embargo, los monos preferían a las de tela.
