Se ha escrito mucho sobre estética, sobre lo que nos parece bello o no, incluso los críticos de arte se atreven a determinar lo que es bello o no. Hay asignaturas en la universidad dedicadas exclusivamente a desgranar aspectos históricos, sociológicos y hasta psicológicos sobre la belleza.
Pero hasta hace bien poco nadie se ha preocupado de estudiar la belleza desde el punto de vista de la epigenética. Hasta hace pocos años, ningún filósofo del mundo ha buscado las reglas epigenéticas que afectan a las artes con los métodos de las neurociencias y la psicología cognitiva.
Un estudio pionero en “bioestética” fue publicado en 1973 por la psicóloga belga Gerda Smets, que pidió a diferentes personas que contemplaran dibujos de varios grados de complejidad mientras ella registraba los cambios en las pautas de sus ondas cerebrales. Cuanto más desincronizadas están las ondas alfa, mayor es la excitación psicológica que los sujetos advierten de manera subjetiva.
Lo que Smets descubrió con esta serie de experimentos fue que existía un fuerte pico de respuesta cerebral cuando la redundancia (repetición de los elementos) en los dibujos era de alrededor del 20 %. Es decir, el orden equivalente que podemos encontrar en un laberinto sencillo, en dos vueltas completas de una espiral logarítmica o en una cruz de brazos simétricos.
