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Cambiar o no cambiar el mundo. He ahí el dilema (y III)

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Y ¿entonces? ¿Debemos volver todos a la vida primitiva? Demasiado tarde. No nos queda otra que seguir adelante, tanto los exencionalistas y ambientalistas, en busca de un aumento de recursos y calidad de vida para el mayor número de personas posible (dado el crecimiento demográfico descuidado), y hacerlo con la mínima dependencia protésica.

Uno de los objetivos ambientales prioritarios deberá ser, inevitablemente, el reducir la huella ecológica a un nivel que pueda ser sostenible por el frágil ambiente de la Tierra.

Gran parte de la tecnología que se precisa para alcanzar esta finalidad puede resumirse en dos objetivos. La descarbonización en el paso desde quemar carbón, petróleo y leña a fuentes de energía esencialmente ilimitadas, respetuosas con el ambiente, como las células de combustible, la fusión nuclear y la energía solar y eólica. La desmaterialización, el segundo concepto, es la reducción en volumen del equipo físico informático y de la energía que consume. Todos los microchips del mundo, para poner el ejemplo contemporáneo más estimulante, pueden caber en la sala que albergaba el ordenador electromagnético Harvard Mark 1 en el alba de la revolución informática.

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Cambiar o no cambiar el mundo. He ahí el dilema (II)

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La cifra de seres humanos que podrá sostener la Tierra es incierta. Lo expertos la sitúan entre 4.000 y 16.000 millones. El número real dependerá de la calidad de vida que las generaciones futuras estén dispuestas a aceptar. Lo que está claro es que actualmente es insostenible que todos los seres humanos puedan mantener un estilo de vida como el que se mantiene en Norteamérica, Europa occidental y Japón.

Con ello no se sugiere que debamos ponernos a vivir de una forma más frugal, vistiéndonos con túnicas de flores y acudiendo al festival de Woodstock. Todos tenéis derecho a iPod. Pero el impacto del iPod (y de todo lo demás) de cada país es multiplicativo. Depende de una fórmula denominada PAT. Es decir:

Tamaño de la población x Afluencia per cápita (es decir, consumo) x una medida de la voracidad de la tecnológica usada para sostener el consumo.

La magnitud de la PAT puede visualizarse adecuadamente mediante la “huella ecológica” de tierra productiva que se precisa para soportar a cada miembro de la sociedad con la tecnología actual. En Europa la huella es de 3,5 hectáreas, en Canadá 4,5 hectáreas, y en Estados Unidos 5 hectáreas. En la mayoría de países en vías de desarrollo es inferior a media hectárea. Para hacer que todo el mundo alcanzara el nivel de Estados Unidos se precisarían otros dos planetas Tierra.

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Cambiar o no cambiar el mundo. He ahí el dilema (I)

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Cuando era más joven, supongo que espoleado por las hormonas y la ingenuidad propias de la edad, quería cambiar el mundo.

Bien, eso es un eufemismo: más bien quería dominarlo (Plan de Dominación Mundial, of course) y hacerlo a mi medida, bajo los preceptos que yo consideraba más apropiados para la humanidad: una elite científica tamizando las decisiones de los políticos, la búsqueda del conocimiento absoluto por encima de cualquier otra cosa, la organización estratificada de los ciudadanos en base a sus conocimientos (y no su dinero, su raza, su religión, su ADN, su sexo, su patria o cualquier otra tontería), la inmediata exploración sistemática del espacio exterior, el acceso libre y gratuito a la cultura (SGAE, arde en el infierno), cualificar la cultura de una persona no por su cantidad sino por su calidad (saber los afluentes del Nilo es secundario, así como las declinaciones en latín), educar los sentimientos para que no deriven en patochadas o, peor, en chantajes, y un largo etcétera que mejor me callo para que no penséis que soy un sociópata en potencia. Cosas de la juventud, ya sabéis.

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