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¿Cuánto tiene que durar el fragmento para que reconozcamos una canción?

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¿Cuánto tiene que durar el fragmento para que reconozcamos una canción?

Ayer vi una película muy hipster que recientemente se ha estrenado en salas comerciales, Submarine, dirigida por el Richard Ayoade, el más geek de la incomensurable serie geek The IT Crowd. Las primeras palabras de su protagonista, Oliver Tate, son: La mayoría de las personas solo piensan en sí mismos, como si no hubiera nadie más con ellos. Ello les motiva para levantarse cada mañana, comer y andar como si nada pasara. De hecho, el protagonista llega a desear que una cámara registre siempre su vida. Porque todos creemos que somos protagonistas de nuestra propia película. Por eso existen tantos viajeros egocéntricos: lo inútil de quejarse del número de turistas que visitan un lugar virginal o un rinconcito que solo queremos para nosotros.

Somos esencialmente egocéntricos, por muchas neuronas espejo que dispongamos en el cerebro: si dejamos de ser egocéntricos es para buscar alianzas y complicidades con las que, en suma, llevar a buen puerto nuestro plan secreto de perpetuar nuestro código genético. Y los que se sacrifican sin haberse perpetuado, en el fondo lo hacen por el mismo motivo: al igual que una masturbación resulta placentera porque el cuerpo cree que está diseminando su ADN, el sacrificio parece deseable porque incrementa nuestra reputación (y posibilidades de perpetuarnos); solo que veces la masturbación acaba en un kleenex y el sacrificio en la tumba. Un error lo tiene cualquiera, ¿no?

Eso también implica al mundo de la música. Cuando la canción habla del desamor, creemos enseguida que esa canción fue concebida especialmente para nosotros. Las canciones, entonces, se convierten en epítome de nuestro egocentrismo… y hasta nos molesta que se vuelvan demasiado populares (yo la conocía antes de que se hiciera asquerosamente comercial, solemos decir).

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