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Tu estado de ánimo depende del estado de ánimo de los demás (y II)

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Por esa razón, nuestro abanico de muecas es impresionante. Porque no sólo es una señal para transmitir lo que pasa en nuestras mentes. De alguna forma, también es lo que pasa en nuestra mente, influye en ella, como sostiene Paul Ekman (sí, el personaje de Lie To Me se basa en él).

Ekman fue uno de los fundadores del llamado Sistema de Codificación de las Acciones Faciales o FACS. Es un dossier fascinante de 500 páginas con toda clase de detalles acerca de los movimientos posibles de los labios (alargar, arrugar, comprimir, aplanar, ampliar, sacar, tensar); los cuatro cambios que se pueden producir en la pie entre los ojos y las mejillas (protuberancias, bolsas, arrugas); o bien las diferencias más significativas entre arrugas infraorbitales y nasolabiales.

Los investigadores han usado este mamotreto de expresiones para toda clase de cosas, desde investigar la esquizofrenia hasta las enfermedades de corazón. Incluso ha servido a los animadores de Pixar y Dreamworks para hacer películas como Toy Story o Shrek.

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Tu estado de ánimo depende del estado de ánimo de los demás (I)

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Cada vez más, la memética permite revelarnos que nosotros, de una forma asombrosamente profunda, somos en gran parte una suma de influencias por parte de la gente con la que tenemos un contacto cotidiano.

Por esa razón, el refranero popular cobra mayor importancia a la luz de sus nuevos descubrimientos: dime con quién andas y te diré quién eres (no sólo porque tú decidas andar con ellos, sino porque ellos acabarán influyendo en tu forma de pensar, en tu estado de ánimo, en tu estado físico, en tu manera de hablar y hasta en aspectos tan peregrinos como tu peso o tu salud cardiovascular).

El impacto emocional de las personas que nos rodean quedo expresado en un curioso experimento realizado con estudiantes voluntarios de la Universidad de Wurzburg, Alemania.

Los sujetos debían escuchar una voz grabada leyendo un párrafo muy pesado y aburrido, una traducción alemana del Tratado de la naturaleza humana, del filósofo David Hume. Ya os lo podéis imaginar: un rollo.

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La música: una droga tonificadora y legal (y II)

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Pero vamos con ejemplos más contemporáneos. Queen y su We are the champions produce un exceso de euforia. El epítome de las canciones que producen empatía y socialización es Like a virgin de Madonna. La percusión y el tempo de Sympathy for the devil, de los Rolling Stones, invita a mantener la coordinación, a solidificar el empeño y la seguridad en uno mismo e, incluso, a fomentar las habilidades resolutivas.

No hay palabra que pueda potenciar la siniestralidad del motivo a dos notas de la banda sonora de Tiburón, la épica de violines de la obertura de Also sprach Zarathustra (la de 2001 Una odisea en el espacio), el misterio que suscita un conjunto de cuerda o el júbilo que transmite un scherzo.

Todas estas relaciones entre música y cerebro pueden parecer demasiado locales, demasiado occidentales. Y en parte lo son. Pero existen influencias más universales cuyo alcance no conoce fronteras culturales.

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