La posibilidad médica de retardar la muerte constituye un progreso, pero al mismo tiempo genera nuevos interrogantes éticos: ¿hasta dónde debe prolongarse la vida de un enfermo terminal? ¿Qué cuidados se le deben aportar? ¿En qué momento preciso se puede decir que una persona ya está muerta?
Como dice Carl Sagan en su obra Los dragones del Edén, unas de las primeras consecuencias de las facultades anticipatorios inherentes a la evolución de los lóbulos prefrontales debe haber sido la conciencia de la muerte.
Y es que con toda seguridad el ser humano es el único organismo de la Tierra con una idea relativamente clara de la inevitabilidad de la muerte. Mors certa, hora incerta, afirma el adagio latino. No es la que la idea de la muerte estuviera ausente antes del espectacular desarrollo del neocórtex; lo que ocurre es que hasta aquel momento nadie había reparado en que la muerte sería su destino último.
Desde el plano médico, se pueden distinguir tres nociones de muerte:
