
En el post anterior hablábamos de la cuota de agresividad de la mujer, que era equiparable a la del hombre. La mujer, sin embargo, expresa su agresividad de una forma indirecta.
La agresión indirecta consiste en calumniar, en chismorrear, en difundir rumores malignos, en establecer estrategias y alianzas contra terceros que dejarían a Terminator patidifuso. En definitiva, la violencia masculina deja señales claras y evidentes en forma de hematomas; la femenina provoca hematomas psicológicos más profundos que son difíciles de detectar y de medir, y por tanto castigar. Existen muchas formas de agresión más dolorosas y eficaces que un puñetazo, y lo más probable es que te ahorres una temporada entre rejas si las empleas.
Insisto en aclarar que tanto los hombres como las mujeres son duchos en el empleo de estas formas indirectas de agresión; todos somos animales políticos. Pero el caso de la mujer es especial, pues ella debe evitar los deslices físicos en mayor medida: no sólo le perseguiría la justicia, sino que sufriría una estigmatización social y cultural que no se da con tanta intensidad en los hombres. Vuelve a hablar Angier:

A pesar de las apariencias, a pesar de que existe la tipificación penal de la violencia de género del hombre hacia la mujer pero raramente ocurre a la inversa, las mujeres y los hombres poseen una cuota de agresividad y crueldad muy similares. Antes de que las asociaciones feministas se me tiren encima (de forma no violenta, claro), vamos a intentar matizar esta afirmación