Como os conté en la entrega anterior de esta serie de artículos, surgieron detractores de los datos de Farr.
A finales del siglo XIX, algunos observadores sostuvieron que el hecho de que el matrimonio supusiera una ventaja para la salud era sólo una apariencia, porque lo que sucedía en realidad es que las personas casadas parecían más sanas a causa de la selección natural.
Es decir, las personas menos sanas tienen menos probabilidades de contraer matrimonio que las personas más sanas. En 1898, el matemático Barend Turksma lo expresó así:
Las personas que tienen menos vitalidad, las que apenas son capaces de valerse por sí mismas, casi están obligadas a pasar por la vida solteras.
Esta batalla de ideas duró hasta 1960, hasta que apareció toda una serie de artículos muy reveladores. El más importante de ellos se publicó en el Lancet, un boletín médico británico, bajo el título de “La mortalidad de los viudos.”
