Visitando el despacho del humilde padre del electromagnetismo (I)

A medida que la investigación científica se fue haciendo más compleja y sofisticada, también se fue haciendo más cara, y así el dinero acabó siendo lo que determinaría si alguien estaba legitimado para abordar una investigación. El dinero y, por extensión, el tiempo libre: es decir, la no obligación de trabajar diez horas diarias para poder llevarse un mendrugo de pan a la boca.

Durante los siglos XVIII y XIX, muy poca gente, la mayoría aristócratas, podía permitirse el lujo de disponer de un taller o un laboratorio en el que dedicarse a la ciencia (una situación a la que, funestamente, estamos regresando habida cuenta de la crisis financiera en la que estamos instalados y la nefasta gestión de los recursos públicos).

Así pues, no es casualidad que la mayoría de los grandes hombres de ciencia del pasado pertenecieran a la clase alta. Sin embargo, fue principalmente una persona que, en el siglo XIX, rompió este esquema para siempre: el científico inglés Michael Faraday, el padre del electromagnetismo y, por extensión, también un estupendo divulgador de ciencia para el gran público.

El pobre Faraday

Faraday era inteligente, ingenioso, trabajador… sin embargo, no tenía dinero, de modo que estaba condenado a llevar a cabo largas jornadas laborales que no le dejaban apenas tiempo para realizar sus investigaciones. Afortunadamente, entró a trabajar como encuadernador en una librería, lo que le permitió tener acceso a toda clase de libros que, por su precio, sólo eran accesibles para los bolsillos pudientes.

El dueño de la librería, además, permitió que Faraday instalase un pequeño laboratorio en la trastienda, siempre que no se retrasara en su trabajo. Quitando horas de sueño, Faraday se dedicó en cuerpo y alma a desentrañar los misterios de la física y la química.

Con todo, realmente su labor científica no tenía oportunidades de prosperar si no lograba dejar el trabajo que le daba de comer y entraba en una de las mayores instituciones científicas de la época: la Royal Institution. Entonces, gracias a una rocambolesca serie de casualidades que recuerdan poderosamente al modo en que Harry Potter logra entrar en Hogwards, Faraday, justo antes de quedar para siempre condenado a trabajar duramente, se puso bajo la tutela de Humphry Davy… y en poco tiempo superó a su maestro. Si queréis leer más en profundidad toda esta historia, tal vez os interese echar un vistazo al libro que he publicado recientemente dedicado a la figura de Faraday: Ciencia de alta tensión (RBA, 2013).

Viajando al despacho de Faraday

Después de meses de trabajo duro, profundizando en las vetas biográficas de uno de los filósofos naturales más heterodoxos de la historia, no pude resistir la tentación de viajar a Londres para visitar su despacho instalado en las entrañas del regio edificio de la Royal Institution.

También quise ver con mis propios ojos algunos de los puntos geográficos importantes con los que Faraday tuvo relación. Por ejemplo, en el barrio de Elephant and Castle encontré un enorme cubo de acero conocido como el Michael Faraday Memorial, pues en los alrededores fue donde residió el científico victoriano, concretamente en Newington Butts.

En el interior del cubo, diseñado por Rodney Gordon y construido en 1961, se halla la subestación eléctrica del metro de Londres. Un icono perfecto para representar al padre del electromagnetismo.

En la calle Larcom, encontré la blue plaque, que también conmemora a Michael Faraday. Y en la zona de Oxford Street, concretamente en el 16 de Jacob´s Well Mews, un recoleto callejón, que es donde el padre de Faraday tenía su herrería.

Cerca de allí, en el 48 de Banford Street, hallaremos la librería donde Faraday entraría a trabajar como encuadernador, teniendo acceso así a todos los libros que quería, siendo éstos caros y prohibitivos para una familia humilde como la suya. Gracias a esos libros, Faraday adquirió los conocimientos suficientes como para revolucionar la física, y también para recibir el acceso a la Royal Institution. Pero el acceso a ese sacrosanto lugar, donde aún se conserva su despacho, lo dejamos para la segunda entrega de este artículo.

(Por cierto, hoy en día, allí donde estaba la librería donde trabajaba Faraday, perteneciente a George Riebau, podemos encontrar una agencia inmobiliaria que se llamada precisamente Faraday´s. En ella hay una pequeña placa marrón en la que se lee: Michael Faraday, a man of science – apprenticed here).

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