Un invento español recorrerá 3.400 km por la Antártida impulsado por cometas: transportará 16 proyectos científicos casi sin utilizar combustible para desplazarse

Invento Espanol Antartida
  • El Trineo de Viento de Ramón Larramendi irá de Novolazárevskaya a la base Concordia en unos 80 días, con 20 cometas y paneles solares

  • Sus expediciones anteriores ya dejaron ciencia publicada: pesticidas en el aire de la meseta y microbios a cuatro metros bajo la nieve

Redacción Xataka Ciencia

Editor

Un vehículo de 15 metros, sin motor, tirado por cometas gigantes y con la friolera de 3.400 kilómetros de hielo por delante, así es el Trineo de Viento del explorador Ramón Larramendi que cruzará el interior de la Antártida Oriental con instrumentos para 16 proyectos científicos y, salvo un primer tramo a remolque, sin quemar combustible para avanzar. El equipo salió de España el 18 de octubre de 2026 dentro de la XL Campaña de Investigación Antártica. Suena a aventura decimonónica. Tiene bastante de laboratorio.

Un trineo que vuela cometas. El vehículo es una plataforma modular montada sobre patines y sin motor de combustión: lo arrastran cometas de tracción, y la tripulación elige el tamaño de vela según sople el viento. Para esta campaña hay 20 cometas de entre 5 y 150 metros cuadrados, detalla la nota del Ministerio de Ciencia. Con viento favorable el trineo puede tocar puntualmente los 80 kilómetros por hora, aunque su media en buenas condiciones ronda los 25. Eso sí, aquí nadie compite en velocidad: la idea es mover gente y material durante semanas sin depender de bidones.

La configuración elegida mide 15 metros y se reparte en cuatro módulos: uno para la ciencia, otro para gobernar las cometas, un tercero que hace de casa para los cuatro expedicionarios y el último para la carga. En total admite hasta 2.100 kilos, de los que unos 250 serán, de salida, instrumentación científica. El viento mueve el trineo y los paneles fotovoltaicos alimentan los aparatos. Pero... ¿cero combustible a bordo? Tampoco, ya que EcoInventos precisa que sí se usará para cocinar.

Larramendi lleva unos 25 años puliendo este diseño de vehículo para nieve(en ese tiempo ha recorrido más de 28.000 kilómetros sobre hielo,) y según explica en una entrevista con Euronews, bebe de las técnicas inuit. Sostiene que “Pueden surgir otros sistemas movidos por energías renovables para cruzar la Antártida, pero ninguno va a ser más sostenible y con menor impacto que el Trineo de Viento”. Lo dice en referencia otra travesía de esa misma temporada, la Expedición Transantártica Científica de 2011-2012, cubrió una distancia parecida con camiones oruga, motos de nieve y trineos, y gastó unos 170.000 litros de combustible en dos meses.

Rumbo a Domo C. La travesía arranca cerca de la base rusa de Novolazárevskaya, en la Tierra de la Reina Maud, y termina en Concordia, la estación franco-italiana levantada en Domo C. Por el camino, el trineo cruzará el Polo de Inaccesibilidad, a unos 3.700 metros de altitud, y pasará cerca de Vostok, el llamado Polo del Frío. El apodo se lo ganó a pulso: allí se midieron -89,2 °C el 21 de julio de 1983, el récord mundial, como recuerda la Organización Meteorológica Mundial. En Xataka Ciencia ya contamos en 2018 que algunos valles de la meseta rozan los -100 °C, aunque esa cifra sale de datos de satélite.

Habrá cinco paradas científicas largas para tomar muestras y hacer mediciones. A bordo van Ramón Larramendi, líder de la expedición; Hilo Moreno, guía polar y técnico de montaña; Mariusz Potocki, científico de la Universidad de Maine, y Javier Selva, encargado de documentar la campaña. Si todo sale según lo previsto, volverán a comienzos de febrero de 2027. En Concordia saldrán en avión con apoyo italiano y estadounidense, el material científico viajará a España con ayuda francesa y el trineo se quedará allí, desmontado, para una posible segunda expedición en sentido contrario.

Dieciséis proyectos a bordo. Los experimentos salieron de una convocatoria coordinada por el Comité Polar Español. Participan el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), el Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (CIEMAT), el Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial (INTA), seis universidades españolas, la NASA, la Universidad de Maine y el Consiglio Nazionale delle Ricerche italiano. Estudiarán la composición del hielo, los microplásticos y contaminantes persistentes, posibles rastros de vida microbiana, el magnetismo terrestre, el cambio climático y hasta cómo se comporta el sistema europeo de navegación Galileo en mitad de la nada.

Dos ejemplos. El proyecto Dinglac, del glaciólogo Francisco Navarro (Universidad Politécnica de Madrid), pasará un georradar por los primeros diez metros de nieve para ver cómo se acumulan y se desplazan sus capas. Otro, del Ames Research Center de la NASA y liderado por el español Alfonso Dávila, colocará sensores de temperatura, humedad y conductividad en rocas de sal para comprobar si en su interior llega a formarse agua líquida microscópica y, con ella, condiciones para la vida microbiana.

La tripulación también es objeto de estudio. El proyecto WindSled Mind, que dirige Gabriel G. de la Torre desde la Universidad de Cádiz, analizará su respuesta psicológica y su sueño, además de cómo se llevan entre ellos durante el aislamiento. “Somos parte del proyecto de investigación y sí, nos sentimos un pelín cobayas; pero contentos”, desliza Larramendi. La cuestión interesa más allá del hielo: la Agencia Espacial Europea (ESA) usa desde hace años Concordia, apodada “Marte blanco”, como ensayo de futuras misiones a la Luna y Marte, porque su aislamiento y su aire enrarecido reproducen buena parte del estrés de vivir en una nave.

La letra pequeña del arranque. Hay un matiz que la nota oficial no menciona. El trineo lleva en Novolazárevskaya desde la expedición de 2018-2019, guardado en un contenedor que Larramendi revisó en 2023, y no subirá a la meseta por sus propios medios. El diario de la expedición cuenta que irá enganchado a un convoy motorizado que lleva combustible a una pista de aterrizaje del interior: unos 240 kilómetros, de unos 400 a unos 2.800 metros de altitud, en cuatro o cinco días. Antes volaban hasta el punto de salida, pero el avión que ahora permiten los seguros es más pequeño y no cabrían algunas piezas.

Larramendi añade que “cuando lleguemos al lugar fijado para nuestra salida, nos soltaremos de ese convoy motorizado e iniciaremos nuestra ruta impulsados por el viento gracias a nuestras cometas”. El convoy hace ese viaje de todos modos, pero el detalle ayuda a entender qué significa exactamente “sin combustible”, que la parte a vela empieza arriba. El comienzo igualmente no fue plácido, ya que el mal tiempo retrasó un día el vuelo desde Ciudad del Cabo y las previsiones hablan de hasta 70 grados bajo cero en la zona, un frio más intenso (de unos 40 grados bajo cero) que en otras expediciones según añadía el propio Larramendi.

La gran pregunta es cuándo sabremos qué ha encontrado esta vez. Si el pasado sirve de pista, habrá que tener paciencia: las muestras de 2011-2012 tardaron unos cinco años en convertirse en artículo científico y las de 2018-2019, seis. Larramendi, en cualquier caso, tiene claro dónde está el valor de su invento. “La toma recurrente de datos es absolutamente clave para ver las variaciones”, zanja en Euronews. De ahí que el trineo se quede desmontado en Concordia, a la espera de un viaje de vuelta que, de momento, no tiene fecha.

Foto | Rosa Martín Tristán (vía Wikimedia Commons CC BY-SA 4.0)

Ver todos los comentarios en https://www.xatakaciencia.com

VER 0 Comentario
↑