
Una psicóloga de la Universidad de Basilea pidió a 719 personas que se duchasen con el agua lo más fría posible durante 12 semanas
Quienes aguantaron declaran sentirse mejor y haber faltado menos por enfermedad, y la universidad calcula que evitaron unos 15 kilos de CO₂ cada uno
¿Por qué sabemos que nuestros hábitos dañan el medio ambiente y aun así nos cuesta tanto cambiarlos? Hay una explicación que puede ofrecernos la psicóloga Lena Glaser, de la Universidad de Basilea, y es tan sencilla como incómoda: pedir a 719 personas que se duchasen con agua fría durante 12 semanas. Según su autora, el experimento deja mejor salud y menos emisiones, eso sí, con una letra pequeña (y bastante) que repasamos más abajo. Glaser, como psicoterapeuta, se topa en su trabajo muy a menudo con esa resistencia al cambio. Explica que mucha gente sabe que su comportamiento perjudica al planeta y aun así no cambia, sobre todo cuando “sienten que tienen que renunciar a algo o gastar más dinero”.
Lo que investigó en su tesis doctoral, depositada en 2026 en el repositorio de la universidad, es si la gente podría adoptar con más facilidad hábitos buenos para el clima y para la salud cuando encajan en el día a día, y de paso traen una recompensa personal. Su elección fue la ducha porque, según ella, cuando se habla de cambiar conductas por el clima se piensa en transporte, dieta o reciclaje, y ahí las medidas drásticas (prohibir vuelos, servir sólo menús vegetarianos en los comedores de las empresas) suelen topar con resistencia, hasta el punto de que hay quien siente que le dicen cómo vivir.
En cambio, la temperatura del agua casi nunca sale en la conversación, aunque cambiar los hábitos de ducha tiene, según Glaser, un impacto ambiental comparable al de reciclar, y asevera que “tomar una ducha fría no es precisamente agradable, pero es un cambio pequeño. Al fin y al cabo, nos duchamos de todos modos”.
Unos datos que demuestran que no todos podrían aunque quisieran
Su análisis incluyó a 719 participantes de 18 a 65 años, sanos y sin costumbre de ducharse en frío, que debían hacerlo con el agua a temperatura tan baja como les permitiera su instalación. La misma tesis aclara que los datos procedieron de tres ensayos aleatorizados realizados en Suiza, con grupos de control que siguieron duchándose como siempre, y que considera usuarios activos a quienes ducharon en frío al menos el 70% de las veces (el 62,4% de la muestra). ¿Aguantaron todos? Para nada, y con justa razón si me preguntáis (yo no podría tampoco). Muchos abandonaron en las dos primeras semanas, aunque después la tasa de abandono bajó, y para Glaser eso sugiere “que la gente se acostumbra gradualmente”.
Los que siguieron dijeron que se sentían cada vez mejor, física y mentalmente, y según Glaser esa mejora subjetiva se notó también en las bajas: de media, un 31% menos de días de baja por enfermedad que el grupo de control. También señala que quienes se duchaban en frío faltaron menos al trabajo por estar malos. No obstante, la propia tesis reconoce que las bajas y los días de enfermedad se recogieron con datos autodeclarados, sin verificación fisiológica objetiva, y presenta sus dos estudios empíricos como enviados a revistas científicas (Journal of Health Psychology y PLOS ONE), no como publicados. Los participantes también dijeron sentirse más despiertos y despejados nada más salir de la ducha, y presumían de haberse obligado a hacer algo incómodo, algo que según Glaser puede motivar.
En lo económico y lo ambiental, compensó no usar agua caliente
Y luego está la factura. Según la universidad, la gente tiende a ducharse menos rato y gasta menos agua cuando estaba fría , y como no hay que calentarla, también se consumió menos energía y las facturas fueron más bajas. Por ejemplo, en una ducha de 45 litros, bajar el agua de 40 °C a 15 °C ahorra 1,3 kWh. En las 12 semanas del estudio, cada participante redujo sus emisiones en 15 kilos de CO₂, más o menos lo que emite un coche al recorrer 100 kilómetros. Pero la tesis precisa que son estimaciones, no mediciones, calculadas sobre 586 participantes de dos de los ensayos, y que suponen duchas de cinco minutos a 9 litros por minuto. Todo eso 25 °C menos y un factor de 0,243 kilos de CO₂ por kWh, y que suman 8,8 toneladas en total.
Hay más cautelas, y la propia nota las menciona, como que no se sabe cuán concienciados estaban los participantes con el medio ambiente en otros aspectos de su vida, ni si compensaron el mal trago con algún capricho, algo que podría reducir o incluso anular el beneficio ambiental.
Aún así, Glaser tiene buenas noticias para quien todavía se resiste: incluso los pequeños cambios de temperatura pueden tener un efecto positivo, y no hace falta el todo o nada. Asegura que “si nos obligamos a renunciar a todas las comodidades y placeres, acabará pasando factura a nuestro bienestar y a nuestra salud mental. Y enfermar tampoco ayuda al medio ambiente”. Su propuesta es empezar poco a poco, tantear los límites, y empujarlos un poco con el tiempo, porque “el agua no tiene que estar igual de fría todos los días”.
Por eso, la instrucción del estudio de ducharse “lo más frío posible” puede leerse en casa como el agua más fría con la que te sientas a gusto ese día. Igualmente, la recomendación de una psicóloga sobre un estudio con adultos sanos tampoco debería tomarse como no una guía sanitaria, y eso que todavía queda la gran incógnita: si alguien siguió bajo el agua fría cuando acabó el estudio.
Foto | Armin Rimoldi (vía Pexels)
Ver todos los comentarios en https://www.xatakaciencia.com
VER 0 Comentario