
Pancho Cavero los relaciona con un hábito de cachorro que algunos perros conservan con su familia
El lenguaje corporal, y lo que la ciencia sabe del juego canino, ayuda a distinguirlos de una mordida de verdad
Si tu perro te da mordisquitos suaves en la mano mientras lo acaricias, lo normal es que no haya agresividad detrás. Es la idea que defiende el veterinario peruano Pancho Cavero y que admite varias lecturas: afecto, ganas de jugar o una manera de pedir atención. El propio Cavero lo resumía en un vídeo de Instagram publicado el 7 de octubre de 2026. Cuando nuestro perro nos da esos mordisquitos, “no es porque quiera hacerte daño […] en realidad te está hablando”.
Cavero situa el origen de este hábito en las primeras semanas de vida. Los cachorros se mordisquean y se acicalan entre ellos para reforzar el vínculo, una forma de decirle a su manada “que son parte de su familia”. Ya de adultos, algunos mantienen el gesto con las personas con las que conviven, y a veces les sirve también para descargar tensión, pues el contacto físico pesa mucho en cómo se relacionan con nosotros; en 2019 contamos en Xataka Ciencia que, puestos a elegir, los perros prefieren las caricias a los halagos.
Eso sí, el veterinario insiste en mirar al perro entero. Un mordisquito con el cuerpo suelto y la mirada tranquila es, en sus palabras, “cariño puro”, pero si aparece rigidez u otra señal de incomodidad, toca darle espacio y no insistir. La Sociedad Americana para la Prevención de la Crueldad contra los Animales (ASPCA) concreta la diferencia en su guía sobre perros adultos. El que juega suele tener el cuerpo y la cara relajados, mientras que el agresivo se pone rígido y retrae los labios para enseñar los dientes. Y los mordiscos del perro agresivo son más rápidos y más dolorosos que los del juego.
En los cachorros, además, morder es una forma de explorar y de aprender a medir la fuerza de la mandíbula, lo que se conoce como inhibición de la mordida. La ASPCA lo explica en su guía para cachorros. Cuando uno aprieta de más jugando con sus hermanos, el otro se queja y deja de jugar, y ese corte le enseña a moderarse. Con las personas funciona de forma parecida, y es mejor no usar las manos como juguete, sino ofrecerles peluches, cuerdas, mordedores y, si muerde durante el juego, cortarlo en seco (ante un mordisco fuerte, la recomendación básica es ignorarlo o apartarse entre 10 y 20 segundos).
Lo que no ayuda son las reprimendas, ya que la ASPCA advierte de que dar cachetes o golpes a un perro por mordisquear jugando puede hacer que muerda más fuerte. Lo sensato es observar si el comportamiento va a más o llega acompañado de señales de malestar; y si no está claro qué lo provoca, consultar a un veterinario especializado en comportamiento o a un educador canino cualificado.
El problema es que los humanos no siempre leemos bien las señales que nos mandan nuestros amigos caninos. En un estudio de 2018 en Frontiers in Veterinary Science, la psicóloga Kerstin Meints, de la Universidad de Lincoln (Reino Unido), enseñó vídeos de perros a niños de tres a cinco años y a sus padres. Ante señales de conflicto, los de tres años fallaban el 53% de las veces en identificarlas como tal, los de cinco el 36% de las veces, y los padres el 17%. Según la nota de la revista, muchos de esos fallos consistían en creer que el perro estaba contento, pero con formación, los aciertos de los de cuatro años pasaron del 55% al 72%, y un año después subieron al 76%.
Pero tampoco conviene dar por hecho que cualquier contacto social es cariño, y sorprende si miramos a la otra gran mascota de los humanos porque puede aplicarse también a los perros. Un estudio publicado en 2026 en Applied Animal Behaviour Science analizó grabaciones de 40 parejas de gatos que vivían juntos y vio que el acicalamiento mutuo solía ir acompañado de gestos amistosos; pero a veces terminaba con uno de los dos marchándose o con algún gesto agresivo. Según el resumen de la fundación EveryCat, los autores concluyen que ese gesto parece cumplir varias funciones sociales según la situación. No olvidemos que es otra especie y otro gesto, y en los mordisquitos de los perros, aún hay mucho que medir.
Foto | Anastassia Anufrieva (vía Unsplash)
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