Los soldados de antes eran menos asesinos que los de ahora

Cuando nos imaginamos cómo pudo haber sido una guerra, estamos influidos inevitablemente por las películas que hemos visionado, lo cual nos lleva a concebir tópicos cinematográficamente plausibles que en realidad nunca suceden: por ejemplo, que disparándole a un coche, éste salta por los aires. Las películas de El señor de los anillos o 300 también nos han hecho creer que las batallas eran esencialmente dos bandos de miles de soldados enfrentándose en mitad de la nada: algo también inverosímil porque esos miles de soldados, con sus caballos, precisan de tanto sustento que no llegaría muy lejos (o debería ir de pueblo en pueblo agotando todos sus recursos).

Otra idea muy peliculera es que los soldados, en las guerras modernas, disparan a matar. Cuando es justo al contrario, al menos hasta hace muy poco.

Por ejemplo, durante la Segunda Guerra Mundial, el general de brigada del Ejército de EEUU S.L.A Marshall llevó a cabo un estudio con miles de soldados justo después de haber participado en un combate. El estudio sugirió que menos del 20 % de los soldados dispararon realmente al enemigo, incluso cuando estaban siendo atacados.

Señala el propio Marshall:

La causa más habitural de fracaso individual en la batalla es el miedo a matar más que el miedo a que te maten. (...) En el momento crucial del combate, el soldado se convierte en un objetor de conciencia.

Para evitar que los soldados sólo fueran a hacer ruido al campo de batalla, el Ejército de los Estados Unidos puso en marcha un nuevo régimen de instrucción con objeto de incrementar la proporción de soldados que dispararan a matar. Este nuevo régimen incluyó que los reclutas ensayaran sin descanso el asesinato del enemigo, disparando sobre dianas anatómicamente verosímiles que caían hacia atrás tras ser alcanzadas.

Tal y como observó el teninete coronel Dave Grossman:

lo que se enseña en este entorno es la capacidad de disparar de forma reflexiva e instantánea. (...) Los soldados se insensibilizan con respecto a la acción de matar hasta que llega a ser una respuesta automática.

Los resultados de esta nueva instrucción fueron espectaculares. Por ejemplo, el propio Marshall estudió que en la guerra de Corea, ya era el 55 % de los soldados de infantería los que disparaban efectivamente sus armas. En Vietnam, la proporción de fuego fue casi del 90 %.

El ejército también empezó a hacer hincapié en la táctica en el campo de batalla, como los bombardeos desde gran altura o el fuego de artillería de largo alcance, que conseguían disimular los costes personales de la guerra. Cuando se lanzaban bombas desde doce mil metros, la decisión de disparar es como girar el volante de un tranvía: la gente se muestra ajena a las muertes resultantes.

Estos resultados confirman que en el ser humano anida algo así como una moral innata, tal y como señala Marc Hauser, psicobiólogo de la Universidad de Harvard: las principales fuentes de nuestros juicios morales no proceden de la iglesia u otras instituciones sino de una herencia biológica que permitió consolidar nuestras sociedades pretéritas.

Vía | Cómo decidimos de Jonah Leherer

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