Lo que pasa en nuestro cerebro cuando estamos conduciendo un coche

A pesar de aquella noticia que os referí sobre un coche que recorrió medio mundo sin conductor o de que KITT fuera capaz de ayudar a Michael Knight en sus peligrosas misiones, lo cierto es que conducir un coche requiere de unas destrezas que aún no han sido aprendidas por los ordenadores.

Conducir probablemente sea la actividad cotidiana más compleja que lleva a cabo un ser humano, porque es una competencia formada por, al menos, 1.500 subcompetencias, según estimó A. J. McKinght y B. Adams en Driver Education Task Analysis.

Un estudio de un tramo de carretera en Maryland (EEUU) reveló que aparecía determinada información cada 0,6 metros, lo que a 48 km por hora significa estar expuesto a 1.320 ítems de información, o aproximadamente a 440 palabras por minuto, señalaba el estudio.

El equivalente sería leer tres o cuatro párrafos de este artículo mientras se contempla a la vez un puñado de imágenes, por no hablar de lo que señala el divulgador Tom Vanderbilt:

En cualquier momento dado estamos orientándonos por el terreno, inspeccionando nuestro entorno en busca de peligros e información, manteniendo nuestra posición en la calzada, juzgando la velocidad, tomando decisiones (una veinte por cada 1,6 km, reveló un estudio), evaluando riesgos, ajustando instrumentos, adelantándonos a las acciones futuras de los demás… y eso mientras quizá saboreamos un café con leche, pensamos en el episodio de anoche de American Idol, calmamos a un bebé o comprobamos el buzón de voz.

El simple encuentro con un semáforo en ámbar pone en funcionamiento una compleja cadena de pensamientos que fundiría los plomos de cualquier ordenador. ¿Cuánto tiempo le queda al semáforo? ¿Me dará tiempo? ¿Cuánto tengo que acelerar para conseguirlo? ¿Vale la pena? ¿Infringiré alguna norma? ¿Si decido frenar de golpe, me dará el coche que tengo detrás? ¿Si apuro demasiado, el coche del otro semáforo tiene aspecto de que acelerará antes de tiempo, produciendo una colisión? ¿Está mojada la calzada? ¿Quedaré atrapado en un cruce, bloqueando la cruadrícula? Y un largo etcétera.

Los ingenieros llaman “zona de dilema” al instante en que estamos demasiado cerca del semáforo en ámbar, como para detenernos y, aun así, demasiado lejos para superarlo sin que nos lo saltemos en rojo. A juzgar por las tasas de accidentes, el dilema es de órdago.

Los ingenieros pueden hacer que el ámbar dure más, pero eso reduce la capacidad del cruce…, y en cuanto corra la voz del generoso cronómetro del semáforo, quizá no sirva sino para animar a más conductores a acelerar y probar suerte.

Conducir, pues, no sólo implica cuestiones técnicas sino también psicológicas y sociales. Conducir es tan intrincado como relacionarse con otras personas. Y para lograr eso, hasta KITT se queda corto todavía.

Vía | Tráfico de Tom Vanderbilt

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