Lo difícil que es cambiar de opinión

No me considero un visionario o una persona particularmente inteligente. Sin embargo, una de mis mayores aficiones consiste en leer libros que me explican cosas que difícilmente llegan a los medios de masas, como la televisión o los periódicos. Y si lo hacen, es de forma superficial o sesgada. Y además lo hacen con bastante retraso.

Uno de mis ejemplos favoritos es el debate público que suscitó la clonación de la oveja Dolly. Muchos intelectuales de pacotilla, periodista de gaceta o meros parroquianos de bar empezaron entonces a discutir la moralidad de dicho avance científico y sus implicaciones para el ser humano del futuro. El problema es que cualquier lector de ciencia ficción mínimamente formado ya llevaba un cuarto de siglo reflexionando sobre esos mismos temas… así que tuvo que aguantar durante años que en los medios de comunicación se soltaran lugares comunes que él ya había superado.

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Otro ejemplo que ahora estoy experimentando en mis propias carnes es el de los derechos de autor y la reconvención de los mismos en un mundo donde el coste de la copia y la distribución es prácticamente cero. Hace casi diez años, cuando empecé a interesarme por estos temas, sobre todo de la mano del abogado David Bravo, los profesores Lawrence Lessig y Jorge Cortell o el periodista Nacho Escolar, todos los que debatíamos el actual modelo de negocio de la cultura parecíamos algo así como hippies trasnochados, antisistema de salón o meros ladrones o piratillas con parche en el ojo.

Recuerdo el visionado de debates en la tele sobre este tema, y generalmente, tanto el público como el presentador, estaban en contra de cualquier cambio en el modelo de negocio, y criminalizaban sin discusión al que se descargaba películas o música de Internet. De un tiempo a esta parte, sin embargo, todas aquellas personas que se posicionaban en contra parecen hacerlo a favor con toda la naturalidad del mundo. Y pensar lo contrario te convierte en un asalariado de la SGAE o en un carca con un palo metido en el culo.

Pero, como dije, no me considero ni visionario ni especialmente inteligente, así que este artículo no es una manera de regodearme en el “¿lo veis como tenía yo razón?” sino una forma de presentar lo difícil que resulta para el cerebro humano el cambiar de opinión. Y si se cambia de opinión no se hace públicamente o asumiendo los errores, sino de manera casi furtiva, borrando los rastros del cambio.

De esta forma, llevar la razón en algo que no acabará por cuajar socialmente hasta pasados unos años es una carga gravosa muy ingrata. Principalmente porque, al discutir en su momento, nadie te da la razón y te consideran poco menos que un marciano. Más tarde, entonces, todo el mundo parece pensar como tú como si siempre lo hubiera hecho, y si le recuerdas a alguien la catadura de sus anteriores opiniones, no le costará nada sugerir que tampoco era para tanto, que en realidad no tenía una opinión tan rígida o diametralmente opuesta, que él siempre lo había intuido o, incluso, que él jamás pensó algo así en el pasado, ni por asomo.

Con lo cual, si en el pasado nadie te daba la razón, en el presente darte la razón ya no tiene mérito porque todo el mundo piensa como tú. Y al final resulta que nunca tuviste razón de verdad, ni antes ni ahora.

Un caso más cercano y efímero en el tiempo fue el de las pulseritas Power Balance. ¿Dónde están ahora todos los que se compraron una, ahora que se ha determinado que era una fraude?

Este funcionamiento de la dinámica social ha sido ampliamente estudiada por el biólogo de la Universidad de Stanford Paul Ehrlich y el biólogo de la Universidad de Princeton Simon Levin, aunque ellos se centraron en la difusión de unas ideas particulares: las ideas políticas.

Estudiando cómo las ideas políticas cambiaban a lo largo de la historia, descubrieron qué era necesario para que una sociedad cambiara de idea de forma general. No sólo era cuestión de ofrecer buenos argumentos ni que la idea fuera mejor o peor que la anterior. El mecanismo que principalmente cambiaba la polaridad ideológica de una sociedad era la cantidad de gente que lo hacía.

Un factor que explicaría la razón de que hubiera intelectuales de primera línea que hace unos años fuesen racistas o misóginos, o que filósofos de la antigua Grecia apoyaran la esclavitud… o incluso que libros sagrados que supuestamente imparten lecciones morales sean, en ese sentido, de una moralidad mucho más rudimentaria y torpe que la moralidad que se defiende en las actuales democracias.

Sirviéndose de modelos informáticos y de análisis históricos, han llegado a la conclusión de que la mayoría de las personas se resisten a cambiar de opinión hasta que un número determinado de quienes las rodean han modificado también las suyas. Precisamente, este umbral depende justamente de qué es esta nueva idea. Si el asunto es oscuro como, por ejemplo, la elegibilidad de la renta para el impuesto alternativo mínimo, el umbral es bajo. Unos pocos buenos amigos con una opinión bien formulada probablemente serán todo lo necesario para que uno cambie de bando. Si la cuestión es más básica y polarizante (la poligamia, el aborto, la pena capital) sólo la persuasión más firme y una exposición más frecuente a la idea tendrán alguna posibilidad de movernos.

Así pues, muchos de los atascos que se sufren en los debates se deben, en gran parte, al poder de las creencias más arraigadas. Y, tan importante es presentar buenos argumentos, como estar rodeado de mucha gente que empiece a creer determinada cosa para formar nuestra opinión.

Pero en casos de debates tan candentes y primarios, como el de la religión o las cuestiones étnicas, cuanto más amenazado se siente un grupo que se define por la raza o las creencias espirituales, más elevará su umbral de tolerancia a ideas nuevas, alejándose del compromiso que exigen las circunstancias y acercándose al absolutismo.

Eso no sirve a los intereses de nadie a largo plazo, pero asegura la pureza de los miembros del grupo y reduce la probabilidad de asimilación (que en algunos aspectos puede sentirse más como una aniquilación). No es ninguna coincidencia que las minorías estadounidenses más marginadas sean con frecuencia las más tradicionales, las que más se resisten a los signos de inclusión tales como los matrimonios endogámicos o las comunidades mixtas. Tampoco es una coincidencia que en la escena mundial, los enemigos más antiguos, los árabes y los judíos, a veces estén a punto de la resolución y después caigan en una violenta resistencia.

Dicho todo lo cual, a veces uno se replanea si un debate pueda tener alguna utilidad, sobre todo si el debate tiene formato adversarial, como sucede frecuentemente en la televisión. Así que quizá los mejores debates sean los no debates sino el intercambio de ideas afines entre personas que piensan fundamentalmente lo mismo, algo así como lo que ocurre flagrantemente en cualquier tertulia de Intereconomía.

Y sí, a veces es mucho más descansado dejarse llevar por las mareas de opinión de la mayoría.

Vía | Simplejidad de Jeffrey Kluger

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