La sincronización del aplauso colectivo

Un tal Alastair Galpin ostenta el record Guinness por haber emitido los aplausos más potentes del mundo, generando un estruendo con sus palmas de 113 decibelios, es decir, más sonoro que una vuvuzela oída a dos metros de distancia (es un record raro, pero es que Galpin ha roto más de 80 en su vida).

El común de los mortales no aplaude tan fuerte, pero sí parece hacerlo de manera contagiosa, sincronizada, cuando otros aplauden, y sin necesidad de que un regidor nos los indique en un programa de televisión. Esto es lo que descubrieron al respecto investigadores de la universidad sueca de Uppsala, cuyas conclusiones fueron publicadas hace algún tiempo en Journal of the Royal Society Interface.

Tras analizar a decenas de jóvenes aplaudiendo, determinaron que la probabilidad de que se arranque un aplauso depende fundamentalmente del volumen medio de los aplausos de los demás, es decir, que el aplauso se contagia por el oído, no por la vista. De hecho, el volumen de los aplausos no está necesariamente vinculado a la calidad del espectáculo que se aplaude, sino a la intensidad del aplauso inaugural (el de la primera persona que aplaude).

Del mismo modo, cuando el número suficiente de personas situadas estratégicamente en una platea disminuye el volumen de sus aplausos, ello provoca que la audiencia también deje de aplaudir. Según Richard Mann, líder del estudio:

El equivalente en redes sociales como Facebook o Twitter sería estudiar si usted es más propenso a seguir una tendencia si ve que muchas personas del mundo en general la mencionan o sólo si sus amigos más cercanos lo hacen.

Vía | BBC

Imagen | blondinrikard

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