La purificación por la vía del dolor

La imagen de un pecador fustigándose se ha convertido en icónica en muchas religiones. Pero ¿hasta qué punto es una forma de expiación generalizada? Un experimento llevado a cabo por psicólogos australianos e italianos, que fue publicado en la revista Psychological Science, pretendió averiguar hasta qué punto el dolor físico puede aliviar nuestras faltas, puede remitir nuestros pecados y hacernos sentir purificados. Que ya hemos pagado un tributo en forma de dolor.

Para realizar el experimento, se reclutaron a unos sesenta voluntarios que creían estar participando en una prueba sobre la “agudeza mental”. Tras repartir a los voluntarios en tres grupos (dos de ellos con verdaderas cobayas, y el tercero como control), se les pidió que escribieran un texto breve.

Los dos primeros grupos debían escribir sobre alguna inmoralidad que hubiesen cometido, con el propósito de hacerles sentir culpables. Al tercer grupo, el de control, simplemente debían escribir acerca de cualquier interacción que hubieran mantenido el día anterior.

Los individuos que se sentían más culpables del primero grupo debieron meter la mano en un cubo de hielo cuya temperatura oscilaba entre los 0 ºC y los 2 ºC y mantenerla allí el tiempo que pudieran. Así también lo hizo el grupo de control. El tercer grupo, sin embargo, introducían la mano en un cubo con agua ni demasiado fría ni demasiado caliente. Finalmente, todos debían expresar su dolor en una escala de 0 a 5.

Tal y como explica Pierre Barthélémy en su libro Crónicas de ciencia improbable:

Por término medio, el primer grupo mantuvo la mano en el hielo durante 87 segundos, frente a los 64 segundos del grupo testigo (que no tenía nada que reprocharse), demostrando así que sentirse en falta incita a buscar la catarsis por medio de un castigo físico mayor. Con un tiempo de inmersión equivalente, el dolor sentido era mucho mayor en el primer grupo. Quedaba por responder la pregunta importante: ¿cómo había evolucionado el sentimiento de culpa? Quienes habían soportado el hielo habían experimentado una reducción de ese sentimiento dos veces mayor que quienes no habían sufrido metiendo las manitas en agua caliente.

Imagen | Tuscasasrurales

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