La predisposición de los bebés para aprender palabras nuevas

Muchos son los animales que tienen la capacidad de imitación muy desarrollada, tal y como señala el psicólogo Gary Marcus:

Entre las aves canoras que pueden aprender, hay un mundo de diferencias: distintos mecanismos de aprendizaje en especies diferentes. Otras son capaces de aprender, pero lo que asimilan varía ampliamente de una especie a otra. Algunas, como el sinsonte, aprovechan cualquier cosa vagamente parecida a un canto que oigan alrededor: gritos de gorriones, ruidos de insectos, incluso sucedáneos urbanos como alarmas de vehículos. Los loros llegan a imitar voces humanas. Aún otros, como los gorriones y los pinzones cebra, nacen con mecanismos más ajustados que les llevan a preferir los cantos de su propia especie. Al igual que los bebés humanos que aprenden el lenguaje, esas aves parecen descomponer las “frases” que oyen en el equivalente de locuciones y sílabas.

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Pero los grandes imitadores del reino animal somos nosotros mismos. Incluso cuando somos bebés, hasta el punto de detectar información estadística. Esa facultad es muy importante a la hora de adquirir lenguaje.

El lenguaje probablemente es instintivo, y por tanto comparte determinadas características entre todos los seres humanos, independientemente del lugar donde hayan nacido o la cultura que les haya influido.

Uno de los experimentos más llamativos sobre cómo nacemos con un patrón de gramática insertado en nuestros genes es el que llevó a cabo los psicólogos de Rochester Jenny Saffran, Dick Aslin y Elissa Newport.

Con sólo cuatro días de edad, los bebés ya son capaces de notar la diferencia entre una serie de palabras de tres sílabas y otra de palabras de dos sílabas. En el experimento, presentaron a bebés de ocho meses una sucesión larga y monótona de sílabas ininterrumpidas como:

Tibudopabikudaropigolatupabikutibudogolatudaropitibudopabikugolatu.

Los bebés fueron capaces, frente a este galimatías, de extraer cierto orden usando las estadísticas de las sílabas para discriminar entre “palabras” como pabiku y “palabras parciales” como pigola, donde la única diferencia era estadística: las sílabas como “pa”, “bi” y “ku” aparecen siempre como una unidad mientras que “pi”, “go” y “la” aparecen juntas sólo a veces (en otras ocasiones, “pi” iba seguida de “da” o de “ti”).

Así pues, el diseño de nuestro cerebro nos predispone a estas habilidades, pero también es necesario que se produzcan estas palabras a nuestro alrededor para que podamos hacer el ejercicio de imitación y aprendizaje: si no fuera así, entonces sería como nacer con ojos sin abrirlos jamás.

Via | Kluge de Gary Marcus

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