Hay dos tipos de explicaciones para justificar por qué hacemos lo que hacemos: las próximas y las distales

Cuando intentamos explicar por qué hacemos lo que hacemos, por qué nos gusta lo que nos gusta, solemos usar explicaciones próximas. Por ejemplo. ¿Por qué como? Porque tengo hambre. Eso es una explicación próxima. ¿Por qué escribo un libro? Porque me gusta expresar mis pensamientos a los demás. Otra explicación próxima.

En general, las explicaciones próximas tienen que ver con explicaciones que tienen en cuenta la cultura, el aprendizaje, la crianza, las hormonas, el cerebro, o una combinación de todo ello.

Explicaciones últimas o distales

Pero hay otro tipo de explicaciones, que si bien no sustituyen a las próximas, permite añadir una capa más de comprensión: las explicaciones últimas o distales. Este tipo de explicaciones tienen en cuenta, por ejemplo, la psicología evolucionista.

Por ejemplo, ¿por qué me gusta más la grasa y el azúcar? Porque en el pasado había carestía de alimentos y quienes sentían predilección por las grasas y azúcares, que eran alimentos con mayor densidad calórica, eran lo que se reproducían más, legando genéticamente su predilección por esta clase de alimentos.

Ahora no existe carestía de alimentos, en el supermercado podemos comprar cualquier cosa, pero esa predilección por alimentos más densos a nivel calórico suponen un problema: nada menos que una epidemia de obsedidad en todos los países ricos.

Si aplicamos la capa de explicación última o distal a la razón de que nos atraiga la belleza descubriremos que, en realidad, se parece mucho a la razón de que nos atraiga la inteligencia. Es decir, que ambas preferencias nacen del mismo lugar: encontrar la mejor pareja para intercambiar segmentos de ADN. Podéis abundar en todo ello en el siguiente vídeo:

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