¿El origen de la religión reside en nuestra incapacidad de distinguir correlación de causalidad?

Nuestro cerebro está preparado para interpretar el mundo de esta forma: deducimos la causalidad física de observaciones repetidas de correlaciones entre acontecimientos. Como un bola de billar que golpea a otra, lo cual nos conduce a deducir que la segunda se mueve por causa de la primera.

Esta forma de interpretar el mundo está tan integrada en nuestro patrón mental que, tal y como señalaba el psicólogo belga Albert Michotte, percibimos la causalidad tan directamente como vemos los colores.

Para demostrarlo, Michotte concibió unos episodios en los que un cuadro negro dibujado sobre un papel se movía. Entra en contacto con otro cuadrado, que enseguida empieza a moverse. Tal y como explica Daniel Kahneman en su libro Pensar rápido, pensar despacio:

Los observadores saben que no hay contacto físico real, pero aun así tienen una poderosa “ilusión de causalidad”. Si el segundo objeto empieza a moverse inmediatamente, dicen que ha sido “empujado” por el primero. Algunos experimentos han demostrado que niños de seis meses ven la secuencia de sucesos como una relación de causa-efecto, y manifiestan sorpresa cuando la secuencia es alterada.

En la misma época que Michotte, en 1944, el American Journal of Psychology también publicaba un estudio de Fritz Heider y Mary-Ann Simme titulado “An Experimental Study of Aparent Behavior”, en el mostraban una película que duraba un minuto y cuarenta segundos en la que se observaba un triángulo grande, un triángulo pequeño y un círculo moviéndose alrededor del dibujo esquemático de una casa con la puerta abierta.

Los espectadores ven un gran triángulo agresivo acosando a un pequeño triángulo y a un círculo aterrorizado, y al círculo y al pequeño triángulo sumando fuerzas para derrotar al acosador; también observan mucha interacción cerca de la puerta, y luego un final explosivo. La percepción de intención y la emoción son irresistibles; solo las personas que padecen autismo no la tienen.

Nuestros cerebros, pues, están predispuestos para hacer atribuciones intencionales. Incluso niños de menos de un año ya identifican agresores y víctimas, y esperan que un perseguidor use la forma más directa para alcanzar la cosa que está persiguiendo.

Los orígenes de la religión

Precisamente esta forma que tiene nuestro cerebro de interpretar la realidad física podría ser el motor principal de las religiones. Al menos es lo que sugiere el psicólogo Paul Bloom, que presentó esta idea en 2005 en un artículo de The Atlantic, donde explicaba:

percibimos el mundo de los objetos como esencialmente separado del mundo de las mentes, lo cual hace que veamos cuerpos sin alma y almas sin cuerpo.

Al buscar intuitivamente la causa de las cosas, e identificarla aleatoriamente (por ejemplo, si ejecutamos determinado baile, parece que llueva), consideramos que una divinidad inmaterial debe ser la causa última del mundo físico, y las almas inmortales controlan temporalmente nuestros cuerpos mientras vivimos. Así, ante la incógnita de cómo se creó el universo, nos complace responder que fue un agente causal, aunque dicho agente causal nos devuelva el misterio: ¿quién creó al agente causal? (Para solventar este nudo gordiano, se suele aducir: se creó a él mismo).

También el planteamiento del diseño inteligente tropieza en la misma piedra: si contemplamos algo complejo, como un ojo humano, intuimos que detrás hay un creador de ese ojo. Y, en general, nuestras distorsiones sobre lo que es causa de qué, propician toda clase de errores de percepción, del tipo “pues a mí me funciona” cuando un paciente toma homeopatía para curar determinada dolencia y, tras tomar homeopatía (simple agua), y curarse, deduce que la homeopatía es la razón de su curación.

Foto | Ratomir Wilkowski

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