¿Cómo juzgamos a Donald? El efecto halo

Hoy vamos a juzgar a Donald. No al pato Donald: si compareciese en el juicio, probablemente no entenderíamos casi nada de lo que tuviera que alegar. Vamos a juzgar a un hombre anónimo llamado Donald para descubrir que nuestra mente, en cierto modo, a veces actúa de forma tan torpe como el habla del pato Donald.

Para demostrar cuán difícil lo tiene nuestra mente para juzgar a Donald, haré el experimento con vosotros. Primero, leed con atención las siguientes palabras y tratad de memorizarlas: mobiliario, aplomo, esquina, aventurero, silla, mesa, independiente y televisión.

¿Ya?

Pues sigamos. Ahora leed el siguiente perfil del hombre anónimo al que llamaremos Donald:

Donald pasaba gran parte de su tiempo buscando lo que él llamaba emociones. Ya había escalado el monte McKlinley, bajado en kayak los rápidos del Colorado, participado en un derbi de demolición de coches y pilotado una lancha rápida, sin saber gran cosa de lanchas. Se había expuesto varias veces a daños físicos e incluso a la muerte. Ahora buscaba nuevas emociones. Se planteaba quizá hacer submarinismo o cruzar el Atlántico en velero.

Bien, ahora intentad definir a Donald con una sola palabra. Es probable que la mayoría de vosotros hayáis escogido la misma palabra. Y esa palabra es “aventurero”. Resulta lógico, porque Donald, después de leer su perfil, parece una especie de Indiana Jones.

Sin embargo, cuando esta prueba se realiza memorizando una lista de palabras ligeramente distinta (por ejemplo, mobiliario, engreído, esquina, temerario, silla, mesa, altivo, televisión), la primera que suele escoger la mayoría de gente es “temerario”.

Es muy posible que Donald sea ambas cosas, pero las connotaciones de cada una de estas palabras son muy diferentes, y tendemos a escoger una caracterización relacionada con lo que ya tenemos en mente (en este caso particular, insertado arteramente en la lista memorizada).

Y eso significa que la impresión que han extraído de Donald está influida por cierta información (las palabras de la lista memorizada) que en principio no debería tener la menor relevancia.

Es lo que se conoce como efecto halo. Es que casi todo lo que nos ronda por la mente, incluso las palabras sueltas, puede influir en cómo percibimos el mundo y en qué creemos. Lo cual nos convierte en perfectos candidatos para ser víctimas de los prejuicios y, sobre todo, en enjuiciadores nada ecuánimes, como pone de manifiesto películas como 12 hombres sin piedad.

Vía | Kluge de Gary Marcus

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