Entre el caos y el orden: así nos gusta la música

Investigadores de la Universidad de Oxford, Reino Unido, y la Universidad de Aarhus, en Dinamarca, han tratado de establecer qué hace que cierta música nos guste tanto que nos impela a bailar o disfrutemos viendo bailar a los demás.

Esa clase de música que hace que, incluso quienes odian bailar, provoca que nos movamos, aunque solo sea acompañándola rítmicamente con la pierna o la cabeza. Esto es lo que descubrieron.

Orden y caos

El estudio realizado por estos investigadores pone en evidencia que la música que más nos gusta debe presentar un nivel medio de síncopa (de imprevisibilidad) para despertar la reacción plancentera y un movimiento corporal acorde.

Es decir, que la música debe sonar sincopada, como el funk, pero sin excederse, o en caso contrario ya no nos parecerá tan agradable. Como abunda en ello Dean Burnett en su libro El cerebro feliz:

Los ritmos simples y monótonos no son especialmente entretenidos (prueben a bailar al son de un metrónomo y verán lo que consiguen); tienen niveles de síncopa muy bajos y, desde luego, no hacen que nos vengan ganas de bailar. Por otra parte, la música caótica e impredecible, como la del free jazz, presenta niveles muy elevados de síncopa y rara vez (por no decir que nunca) anima a nadie a echarse un baile.

Los investigadores pusieron como ejemplo paradigmático de música que bascula pefectamente entre el orden y el caos el funky de James Brown. La mayoría del pop moderno cae dentro de ese intervalo. Es por ello que, aunque odiemos la última canción pop de moda, no podemos evitar seguir su ritmo con el pie si suena en la radio.

Es como la sal: si echamos muy poca a la comida, esta no sabe bien. Si le echamos demasiada, tampoco. Pero si añadimos la cantidad correcta de sal a la comida, esta sí que sabe bien y el pobre camarro por fin puede atender a otras mesas.

Así de poderosa puede ser la música, que nos empuja a movernos, siempre que bascule entre el caos y el orden. Ya decía Woody Allen, en Misterioso asesinato en Manhattan: «Cuando escucho a Wagner durante más de media hora me entran ganas de invadir Polonia». En El mundo como voluntad y representación, Schopenhauer también escribía: «En la música todos los sentimientos vuelven a su estado puro y el mundo no es sino música hecha realidad». Sin embargo, estos efectos son toscos si las comparamos con la infinita constelación de notas musicales y los microefectos que producen, tal y como indica el neurólogo Anthony Smith en su libro La mente:

Aparentemente, la música puede: incrementar el metabolismo del organismo, alterar la energía muscular, acelerar la frecuencia respiratoria y convertirla en menos regular, reducir el umbral para diversos estímulos sensoriales, afectar a la presión arterial, y con ello a la circulación sanguínea.

Y ahora poneos a James Brown.

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