Cambiar o no cambiar el mundo. He ahí el dilema (II)

La cifra de seres humanos que podrá sostener la Tierra es incierta. Lo expertos la sitúan entre 4.000 y 16.000 millones. El número real dependerá de la calidad de vida que las generaciones futuras estén dispuestas a aceptar. Lo que está claro es que actualmente es insostenible que todos los seres humanos puedan mantener un estilo de vida como el que se mantiene en Norteamérica, Europa occidental y Japón.

Con ello no se sugiere que debamos ponernos a vivir de una forma más frugal, vistiéndonos con túnicas de flores y acudiendo al festival de Woodstock. Todos tenéis derecho a iPod. Pero el impacto del iPod (y de todo lo demás) de cada país es multiplicativo. Depende de una fórmula denominada PAT. Es decir:

Tamaño de la población x Afluencia per cápita (es decir, consumo) x una medida de la voracidad de la tecnológica usada para sostener el consumo.

La magnitud de la PAT puede visualizarse adecuadamente mediante la “huella ecológica” de tierra productiva que se precisa para soportar a cada miembro de la sociedad con la tecnología actual. En Europa la huella es de 3,5 hectáreas, en Canadá 4,5 hectáreas, y en Estados Unidos 5 hectáreas. En la mayoría de países en vías de desarrollo es inferior a media hectárea. Para hacer que todo el mundo alcanzara el nivel de Estados Unidos se precisarían otros dos planetas Tierra.

Está claro, pues, que no cabemos todos. Al menos no de la forma en que lo hacemos ahora. Los exencionalistas, sin embargo, consideran que el ingenio y la tecnología humana podrán incluso superar este problema: por ejemplo, empleando más tierra, fertilizantes y cosechas de alto rendimiento.

Sin embargo, el ingenio y las tecnologías necesarias para ello todavía no existen, ni hay visos de que puedan existir en breve. Si bien sólo se está cultivando el 11 % de la superficie de la Tierra, ello ya incluye la parte más cultivable: la mayor parte restante tiene un uso limitado, o ninguno en absoluto.

Y los cultivos actuales ya están empezando a degradarse, como han concluido edafólogos expertos. Por ejemplo, en 1996, las reservas mundiales de cereales se habían reducido en un 50 % desde el máximo histórico que se alcanzó en 1987.

Las reservas de agua llevan un camino aún peor. Así que los exencionalistas quizá están confiando demasiado en su buena suerte, arriesgándose demasiado a que algún nuevo invento nos saque del cuello de botella al que nos dirigimos. Y, en todo caso, en ecología, como en medicina, es un error rechazar por alarmista una preocupación: un diagnóstico positivo falso es una inconveniencia, pero un diagnóstico negativo falso puede ser catastrófico. Si hay que apostar, quizá es más apropiado apostar por la cautela.

Una mayor presión demográfica genera una escasez de recursos, y una escasez de recursos puede derivar en un conflicto, como atestiguan el hundimiento de muchas civilizaciones en el pasado. Así pues, el crecimiento demográfico descontrolado probablemente sea el mayor problema del ser humano como especie.

Supongamos que el último de los viejos tabúes reproductivos se desvanece, y la planificación familiar se hace universal. Supongamos, además, que los gobiernos crean policías de población con la misma gravedad que dedican a las policías económicas y militares. Y que, como resultado, la población global alcanza su máximo a los 10.000 millones y empieza a reducirse. Habiendo alcanzado el CDN (crecimiento demográfico negativo), hay base para la esperanza. Si no se alcanza, los mejores esfuerzos de la humanidad fracasarán, y el cuello de botella se cerrará hasta formar un muro sólido.

Si por el contrario confiamos en nuevas prótesis técnicas para paliar la escasez de recursos, entonces el problema se irá agravando, requiriendo nuevas prótesis más tecnológicamente avanzadas. ¿Hasta dónde podremos llegar? ¿La espiral es infinita? Probablemente no. Basta un pequeño paso en falso o alguna limitación del tipo que fuere para que todo se vaya al traste.

En la próxima, y última entrega de este artículo, propondremos algunas posibles vías de solución.

Vía | Consilience de Edward O. Wilson

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