El hombre que clavó un cuchillo a la Reina

La mayor tragedia de Semmelweis, pionero de la asepsia, fue, sin duda, en el hecho de que en el mismo año de su muerte, trabajara ya en Londres un hombre destinado a imprimir un impulso decisivo a la solución del problema de la infección de las heridas y afecciones quirúrgicas. Mientras Semmelweis fue ignorado por sus coetáneos, este hombre cosecharía gloria y honores ilimitados. Se llamaba Joseph Lister.

Lo que diferenciaba los lugares donde trabajaba Lister del resto de hospitales era el olor. Lister había leído a Pasteur sobre los procesos de fermentación y puso manos a la obra. Para empezar eliminó los delantales negros de operar, que tenían ese color para disimular la suciedad y la sangre. Lister y sus enfermeras llevaban batas blancas y limpias.

Al principio pensaba que los gérmenes de las afecciones quirúrgicas procedían del aire y se alojaban en las heridas, así como en las manos y en los instrumentos. Por ello hacía flotar una nube de fenol producida por su pulverizador. Lange y Schimmelbusch, ayudantes de Ernst von Bergmann (quien introdujo la esterilización por calor en los instrumentos quirúrgicos), aprovecharon después las posibilidades técnicas de Koch para analizar el contenido en gérmenes del aire atmosférico.

El resultado fue sumamente sorprendente, porque no se encontraron agentes patógenos de las infecciones quirúrgicas: apenas unos inofensivos hongos. En el transcurso de media hora, sobre la superficie de una herida de 100 centímetros cuadrados, sólo se posaban unos 70 gérmenes de índole casi siempre inocua. En cambio, en el polvo del suelo, en una sola gota de supuración de una herida, en un instrumento quirúrgico sin limpiar después de entrar en contacto con una herida infectada o en las manos, había miles de millones de gérmenes peligrosísimos.

Por consiguiente, las bacterias productoras de las infecciones quirúrgicas difícilmente procedían del aire. Al parecer llegaban a las heridas más bien por contacto directo con la suciedad, los instrumentos y las manos. Semmelweis, que había sido olvidado hacía tiempo, había tenido razón al hablar de su "infección por contacto".

Al poco tiempo, en todas las salas de operaciones del mundo, desaparecieron los pulverizadores de Lister. En 1887, él mismo no vaciló en declararlos superfluos. Hoy día existen productos cuyo nombre están basados en Joseph Lister.

Se retiró de la práctica de la medicina después de la muerte de su esposa. En 1902, el Rey Eduardo VII enfermó de apendicitis dos días antes de su coronación. Operarle era una situación de alto riesgo por infección posterior a la operación. Los cirujanos no se atrevieron a hacerlo sin antes consultarle. Lister, amablemente, les aconsejó en los últimos métodos antisépticos quirúrgicos. Los cirujanos siguieron sus consejos al pie de la letra. El Rey sobrevivió a la operación y dijo posteriormente a Lister:

Sé que si no hubiera sido por ti y tu trabajo, yo no estaría hoy aquí sentado.

Quisiera finalizar con una anécdota suya. Por aquella época, se desarrolló un absceso en la axila de la Reina Victoria que medía quince centímetros. Fue operada por Lister. Posteriormente declaró que era el único hombre que había clavado un cuchillo a la Reina.

Fuente | Jürgen Thorwal, El siglo de los cirujanos.
Fuente | Ian Crofton, Historia de la ciencia sin los trozos aburridos.
Foto | Weltrundschau zu Reclams Universum 1902

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