Eugenesia: limpiando el mundo de basura humana

Durante el siglo XIX arraigó de forma considerable entre intelectuales y científicos prominentes la idea de que la humanidad se podía mejorar sencillamente eliminando a los menos aptos.

El término eugenesia fue acuñado por Francis Galton en 1883. Para Galton, gran matemático británico y primo hermano de Charles Darwin, la palabra significaba exclusivamente “mejora de los nacimientos”, aplicándola a su tesis de que los individuos más favorecidos debían recibir el respaldo de la sociedad para que tuvieran una mayor cantidad de hijos (eugenesia positiva) en detrimentos de otros, mucho peor dotados, a los que habría de disuadir de tener hijos (eugenesia negativa).

Para los científicos de la época, la repetición de determinado rasgo a lo largo de varias generaciones sólo podía tener una causa genética y no cultural. Así, por ejemplo, encontramos exhaustivas descripciones genealógicas para diversas enfermedades.

Enfermedades como el albinismo, la epilepsia, la corea de Huntington, el retraso mental y otras. Todas ellas descritas por el eguenista estadounidense Charles B. Davenport, director del Centro para el Estudio de la Evolución y el Departamento de Eugenesia del laboratorio Cold Spring Harbor, en Long Island (Nueva York).

El superintendente de este departamento, Harry H. Lauhghlin, orientó sus esfuerzos al estudio de las causas hereditarias de la criminalidad, el retraso mental y otras características negativas en diversos grupos étnicos. De esta manera, se pudo concluir que los mediterráneos, los judíos rusos y los eslavos, entre otros, albergaban una gran cantidad de genes defectuosos.

Toda esta montaña de datos anecdóticos elevados al rango de categoría, impulsó el desarrollo de leyes basadas en los descubrimientos articulados en lo que puede llamarse sencillamente pseudociencia.

Por ejemplo, Laughlin, en 1921, participó en el Comité Nacional para la Inmigración y la Naturalización en calidad de “experto en eugenesia”. Los datos acumulados de prisiones y hospitales no daban cabida para la duda: la pureza estadounidense podía corromperse si se mezclaba indiscriminadamente con genes de mala calidad procedentes de Europa oriental y meridional.

A rebufo de todo ello, se promulgó la delirante ley Johnson-Reed, mediante la cual se restringía la entrada de inmigrantes que llegaran de esas regiones, presuntamente porque tenían malos genes. También se presionó al gobierno para que se esterilizaran a las personas consideradas defectuosas. Más de 35 estados secundaron la propuesta y las leyes se mantuvieron vigentes hasta la década de 1960.

Se esterilizó a más de 60.000 personas.

En Alemania tampoco se quedaron cortos, y los nacionalistas, siguiendo el modelo de Laughlin, llevaron una esterilización masiva en 1933 que afectó a más de 400.000 personas.

Durante la década de 1960, una década tan próxima que da miedo, científicos tan prestigiosos como el físico William B. Shockley, que incluso era premio Nobel y miembro de la Academia de las Ciencias, apoyó las ideas del endocrinólogo Dwight J. Ingle, que reivindicó la esterilización masiva de la población negra residente en el país para evitar el “debilitamiento” de la cepa caucásica.

Tal vez el problema era que un físico no podía pronunciarse sobre cuestiones genéticas, psicológicas o estadísticas, como señaló una década después el bioquímico Erwin Chargaff: “Fuera de su diminuto campo de investigación, un científico tiene muy poco que decir”.

Los científicos, pues, también pueden ser profundos ignorantes. Y, por supuesto, también pueden serlo los divulgadores de la ciencia. (Esto último lo digo porque, si cometo cualquier error en mis exposiciones, estaré encantado de que, entre todos, podamos enmendarlo).

El movimiento eugenésico estadounidense no llevó a cabo todos sus propósitos quizás a causa de la gran depresión de la década de 1930. La opinión pública estaba preocupada por cuestiones mucho más prosaicas, como su propia supervivencia, que en el futuro patrimonio genético del país (…) Conviene tener en cuenta también que la sociedad estadounidense, por lo general optimista, muestra una resistencia casi natural a aceptar cualquier teoría que pretenda demostrar que el destino individual está escrito de antemano. Por eso, la eugenesia, pese a contar con partidarios muy influyentes, no tardó en pasar a una posición marginal. Peor suerte corrieron los ciudadanos de la Alemania nazi, donde las tesis eugenésicas se convirtieron en el fundamento de un régimen de terror difícil de comprender.

Vía | Las mentiras de la ciencia de Dan Agin

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