De cómo la luz cambió el mundo

Desde mediados del siglo XIX, el gas fue el principal medio para iluminar las calles de las ciudades. Antes eso, sólo existía la oscuridad punteada de las velas de los ciudadanos, que aún iluminaban muchísimo menos el mundo. Tal y como explica Bill Bryson en su libro En casa, cuando se usaban velas, la oscuridad reinaba por doquier: si abres la puerta de la nevera, seguramente tendrás más luz que la cantidad total de iluminación de la que disfrutaban la mayoría de hogares en el siglo XVIII. No en vano, una buena vela proporciona apenas una centésima parte de la luz que genera una única bombilla de cien vatios.

Las noches, en el siglo XIX, solían ser oscuras y tenebrosas; la gente chocaba fácilmente con los obstáculos; el latrocinio era común porque literalmente no se veía quién lo cometía.

El alumbrado público a gas proporcionaba menos luz que una bombilla moderna de 2,5 vatios. Además, estas farolas de gas eran muy escasas: por lo general, entre farola y farola había un mínimo de treinta metros de oscuridad (y eso hablando de ciudades importantes como Londres). Más que iluminar las calles, en algunas vías londinenses las farolas servían como guías o faros para no perderse.

Hasta la llegada de la luz eléctrica, además de estar mal iluminadas, en las casas había riesgo de incendio y de contaminación. Así que al llegar la luz con el cambio de siglo, ese cambio afectó no sólo a la vida cotidiana sino incluso al arte.

A medida que las lámparas de sodio se volvían más ubicuas en las calles después de la Segunda Guerra Mundial, su luz blanca llamó la atención de los escritores que querían transmitir una atmósfera urbana siniestra, como en La náusea, de Jean Paul Sartre, donde el protagonista cruza la acera atraído por “una lámpara de gas solitaria, como un faro”, y se sorprende al descubrir que “La náusea se ha quedado aquí, en la luz amarilla”.

Abunda en ello Hugh Aldersey-Williams en La tabla periódica:

Como el gas, las lámparas incandescentes que el sodio sustituiría a su debido tiempo lucían con una generosa luz blanda, que combinaba la luz de muchos colores, creado por el flujo de una corriente eléctrica a través de un filamento de metal. El sodio, en cambio, brilla con una luz de una única longitud de onda: 589 nanómetros. Cuando la luz de una descarga de sodio incide sobre un objeto de colores, todo lo que vemos es la fracción de esta luz de 580 nanómetros que refleja, y ningún otro color. Esta pátina monocroma es engañosa y no cuenta la verdad; lo empapa todo en un fulgor de nicotina tal que ya no es posible percibir el color con exactitud.

En 1895, se hicieron muy célebres unos carteles publicitarios de Giovanni Mataloni que anunciaba el alumbrada de gas mejorado de la compañía Brevetto Auer de Roma. Era una de las cientos de imágenes parecidas que aparecieron en ciudades de toda Europa y América alrededor del cambio de siglo.

Y es que alumbrado doméstico ya estaba en expansión, y el gas y la electricidad competían sin tregua con innovaciones rivales: el descubrimiento que permitió al gas mantener su ventaja sobre el novedoso alumbrado eléctrico durante un poco más de tiempo en los últimos años del siglo XIX lo llevó a cabo Carl Auer, la Auerlicht.

Así se describe el cartel de Mataloni en La tabla periódica:

La muchacha está desnuda de cintura para arriba; y de cintura para abajo está cubierta solamente con la más leve de las gasas. Está arrodillada, con la cabeza inclinada a un lado, y sonríe traviesa detrás de sus rizos negros. En su mano derecha parece sostener un halo deslumbrante de luz blanca, en el centro del cual luce una luz todavía más brillante (“parece” porque la luz no tiene origen ni conexión evidentes; es una pura iluminación). Se agarra al tallo de un gran girasol como soporte y está encuadrada por vigorosos zarcillos de otras plantas. Situado en un ángulo, frente al plano de la imagen (sería anacrónico dentro de la misma) hay un farol callejero estándar. El mensaje resulta evidente. Esta virgen vestal predica la promesa de una nueva luz, como la luz del Sol, que iluminará el mundo.

Si os interesa también cómo el descubrimiento del oxígeno fue influyendo en la literatura, también os recomiendo El oxígeno en la literatura.

O, como curiosidad, una bombilla que lleva funcionando ininterrumpidamente desde 1901.

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