
Troncos de alerce y pino cembro que crecieron hace hasta 10.000 años asoman entre las morenas de glaciares como el Morteratsch
La trampa: comparar tamaños sin preguntarse si el hielo está en equilibrio con el clima
Troncos de alerce y pino cembro que crecieron hace hasta 10.000 años asoman entre las morenas de glaciares alpinos como el Morteratsch, en Suiza. La tentación es leerlos como prueba de que el retroceso actual no tiene nada de excepcional: si los glaciares ya fueron antes menos extensos, la inquietud parece sobrar. El argumento se sostiene sobre un malentendido sobre cómo responde el hielo al clima, y la glaciología lo desmonta con la misma evidencia que lo alimenta.
Hallazgos auténticos. Desde finales del siglo XIX, el retroceso de los glaciares alpinos ha devuelto troncos y raíces sepultados por el hielo. No son noticia aislada ni fraude: entre 1890 y 1910 se señalaban restos leñosos en los terrenos liberados por el Aletsch, en Suiza, y en 1961 se publicaron las primeras dataciones por radiocarbono de raíces fósiles en sus morenas. La difusión de esa técnica, en la segunda mitad del siglo XX, convirtió lo que era una curiosidad en una herramienta para reconstruir las oscilaciones de los glaciares durante el Oloceno, el período interglaciar iniciado hace unos 11.700 años.
Las especies protagonistas son dos: el alerce (Larix decidua) y el pino cembro (Pinus cembra), árboles capaces de colonizar suelos pobres a gran altitud y de conservar su madera milenio tras milenio bajo el hielo. En 2015, el retroceso de la Pasterze, en Austria, dejó al descubierto un tronco de pino cembro datado en unos 6.000 años. Los hallazgos más valiosos conservan el aparato radicular aún clavado en el suelo original: ahí sí se sabe dónde creció el árbol y dónde no llegó el hielo; los demás pueden haber sido transportados por el propio glaciar, y su lectura exige más cautela.
La Pequeña Edad Glaciar, que se prolongó desde el siglo XIV hasta mediados del XIX, fue la última pulsación importante antes del calentamiento reciente. Cuando el hielo empezó a retirarse hacia 1850, liberó los troncos que había sepultado durante siglos en sus avances. Esos restos, datados unas décadas más tarde con radiocarbonio, permitieron atar el tamaño del glaciar a un clima concreto y fechar su expansión máxima con una precisión hasta entonces inalcanzable. El Aletsch, en Suiza, fue el laboratorio donde se ensayó ese método, y de ahí se extendió al resto de glaciares alpinos.
La lectura engañosa. De estos hallazgos se alimenta un argumento que circula en redes: si los glaciares ya fueron antes menos extensos, el retroceso actual no tendría nada de excepcional. El razonamiento omite, sin embargo, lo que los propios restos cuentan. En el Morteratsch, en el macizo del Bernina, la frente del glaciar ha ido dejando ver troncos de la primera mitad del Oloceno. Su datación, combinada con el estudio de anillos de crecimiento, revela una fase de fuerte contracción de al menos 430 años, entre hace 10.780 y 10.350 años, durante la cual el glaciar estuvo menos extenso que en 2020.
Es un resultado que no se sostiene sobre suposiciones. El estudio de Schlüchter y su equipo, publicado en julio de 2026 en E&G Quaternary Science Journal, data con gran precisión uno de esos árboles, un alerce hallado a 2.156 metros de altitud, y concluye, en sus propias palabras, que "en el momento del crecimiento del árbol, el Morteratschgletscher no estaba en la posición actual, sino más retirado". Hace diez milenios, uno de los grandes glaciares alpinos era más pequeño que a principios del siglo XXI.
El equipo de Schlüchter sitúa esa fase de retroceso entre el final del Younger Dryas, el último episodio frío anterior al Holoceno, y el calentamiento del Preboreal, una transición natural hacia condiciones interglaciares. La datación por radiocarbono fija la edad bruta de la madera; la dendrocronología, el conteo de los anillos anuales, permite precisar hasta el año en que el hielo alcanzó y mató al árbol. Combinadas, ambas técnicas convierten un tronco en una marca temporal de alta resolución y permiten reconstruir, siglo a siglo, cuándo el hielo avanzó y cuándo retrocedió.
Equilibrio, no solo tamaño. El paso que falta en el argumento negacionista es preguntarse qué significa que un glaciar tenga un tamaño dado. Un glaciar está en equilibrio con el clima cuando, a lo largo de un período suficiente, la nieve que acumula compensa el hielo que pierde por fusión. Si la temperatura sube, el equilibrio se rompe: el glaciar adelgaza, su frente retrocede y solo después de décadas, a veces siglos, alcanza una nueva geometría estable. Comparar la extensión actual con la de hace 10.000 años solo tiene sentido si ambas corresponden a situaciones de equilibrio.
Aquí no ocurre. El Morteratsch de 2020 podía tener un tamaño parecido al del Holoceno temprano, pero su geometría estaba muy fuera de equilibrio: el calentamiento había sido demasiado rápido para que el hielo lo siguiera. Aunque se detuviera el aumento de temperatura, el glaciar seguiría retrocediendo durante décadas. La extensión, por sí sola, no informa del clima que la produce; informa del clima que la produjo. Es la diferencia entre leer una fotografía y leer una película, y los glaciares son animales lentos que responden al clima con un retraso que se mide en generaciones.
El reajuste ocurre en dos tiempos. Primero sube la línea que separa la zona de acumulación, donde la nieve sobrevive al verano, de la zona de ablación, donde el hielo se funde. Luego el glaciar rehace su forma: se adelgaza en la parte baja y la frente retrocede hasta encontrar una cota donde la fusión compense la aportación de arriba. Cuanto mayor es el glaciar, más tarda ese reajuste; por eso el Aletsch responde con siglos de retraso, mientras que los menores lo hacen en décadas.
El retraso del hielo. Esa inercia es la razón por la que los restos vegetales del Holoceno no reconfortan. El hielo que vemos en los Alpes va por detrás del calentamiento de las últimas décadas, no por delante. El Morteratsch ha seguido retrocediendo y adelgazando desde 2020 sin señales de estabilización, y alcanzar el equilibrio con el clima actual lo reduciría a una extensión mucho menor que la documentada hace diez mil años.
La diferencia con aquel período no es un matiz. En el Holoceno temprano el glaciar se contrajo porque el clima, tras la última glaciación, se calentaba hacia condiciones interglaciares; en las últimas décadas se contrae porque las emisiones de gases de efecto invernadero elevan la temperatura a un ritmo que el hielo no ha terminado de asimilar. La causa y la velocidad no son las mismas, y la trayectoria tampoco. Si la temperatura sigue subiendo mientras no se reduzcan las emisiones, el Morteratsch camina hacia una extensión menor que cualquiera registrada en su historia del Oloceno. Aquella transición duró milenios; la actual, en cambio, se comprime en apenas unas pocas décadas, una diferencia de escala temporal que el hielo aún asimila con un retraso notable.
Lo que viene. Las proyecciones refuerzan la distancia entre ambos momentos. Un estudio de ETH Zúrich de 2025 calcula que, con un calentamiento de 1,5 grados, en 2100 quedarían en los Alpes unos 430 glaciares de los aproximadamente 3.000 contabilizados en 2025; en escenarios más cálidos, la práctica totalidad desaparece. Los datos de 2026 no invitan al optimismo: según el balance anual de GLAMOS de 2026, los glaciares suizos perdieron más del 5% de su volumen en un solo año y casi un 20% en los cinco anteriores. Varios glaciares pequeños, como el Bella Tola y el Griessfirn, han quedado extinguidos.
Ese deshielo tiene, de momento, un balance ambiguo. Entre julio y septiembre de 2026, los glaciares suizos liberaron cerca de 2,2 billones de litros de agua, según el mismo informe, una cantidad que cuadruplica el consumo doméstico anual de los hogares suizos y que alivió temporalmente la sequía estival del país. Es un alivio que sale de un recurso que se vacía: a medida que el hielo se reduzca, también lo hará ese aporte de fusión que en la actualidad amortigua los veranos secos. Mientras tanto, se ensayan parches locales, como cubrir un glaciar con lana de oveja, que no cambian el signo del balance a escala alpina.
El retroceso también borra archivo. Los troncos que el hielo devolvía a la luz eran, hasta su aparición, una biblioteca fechable del clima del Holoceno; expuestos al aire y al sol, la madera se descompone en pocos años. Los glaciólogos tienen una ventana estrecha para recolectar las muestras antes de que se pierdan, y la prisa compite con la escala del retroceso: cada frente que se retira deja más restos de los que los equipos en campo pueden registrar. Schlüchter y su equipo subrayan que la recogida de los árboles del Morteratsch se hizo en ese margen breve.
Los troncos que reaparecen entre las morenas del Morteratsch documentan cuán sensible es el paisaje alpino a la temperatura y cuánto tarda el hielo en reflejarla. Lo que el Holoceno muestra como una fase larga y templada, las próximas décadas lo comprimen a un ritmo que el hielo todavía no ha terminado de contar.
Foto | PHILIPPE SERRAND vía Pexels
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