Una visión científica sobre el aborto (I)

A rebufo de la tramitación de la nueva ley del aborto en España, que permitiría a las adolescentes de 16 años interrumpir su embarazo sin ni siquiera comunicárselo a sus padres, el debate sobre la legitimidad de la mujer para abortar vuelve a estar de moda.

No voy a discutir específicamente sobre el límite de los 16 años de edad. Es una frontera como otra cualquiera, tan arbitraria como la que establece los 14 años como la edad mínima para llevar un ciclomotor, hacer un testamento o usar armas de aire comprimido con permiso paterno; que a los 13 años se puede mantener relaciones sexuales consentidas (incluso con un adulto); o que a los 16 años uno puede ponerse un piercing, someterse a cirugía estética o trabajar (con permiso paterno).

Las fronteras son así. Difusas. Cambiantes según la sociedad (cada país tiene fronteras diferentes; cada época, también). Y sobre eso trata el tema del aborto, de fronteras. De fronteras biológicas, antropológicas y sociológicas. Pero también de fronteras sobre nuestros conocimientos y nuestra manera de percibir el mundo.

Desde el magisterio de la ciencia, obviamente, no puede establecerse qué es correcto o incorrecto, bueno o malo. Lo que sí hace la ciencia es aclarar confusiones.

En otras palabras: la ciencia no pisa el terreno de la ética, pero sin conocimiento científico entonces la ética se basa esencialmente en intuiciones, pálpitos, sentimientos, prejuicios, costumbres. Tal y como dice el psicólogo cognitivo Steven Pinker en La tabla rasa a propósito de lo aceptable o inaceptable que le pueda parecer a nuestras entrañas un aborto:

Las personas se han estremecido ante todo tipo de violaciones moralmente inapropiadas de los criterios de pureza de su cultura: tocar a un intocable, beber de la misma fuente de la que ha bebido un negro, permitir que sangre judía se mezcle con sangre aria, tolerar la sodomía entre hombres que lo consientan. Hasta en 1978, muchas personas se estremecían ante las nuevas tecnologías de la fecundación in vitro o, como entonces se les llamaba, de los “niños probeta”. Pero hoy no constituye excepcionalidad moral alguna y, para cientos y miles de personas, es una fuente de felicidad incomensurable e incluso de vida.

La diferencia entre una postura moral defendible y un sentimiento visceral atávico es que con la primera podemos dar razones de por qué es válida nuestra convicción. La ciencia, en ese sentido, sobre todo la biología, puede surtirnos de razones objetivas y sólidas.

Porque la intuición personal acostumbra a ser altamente peligrosa en muchas ocasiones. Un ejemplo burdo: si una computadora simulara un comportamiento muy parecido al de un ser humano gracias a una Inteligencia Artificial sumamente avanzada, podría dar gato por liebre a más de uno y hacerle creer que tras la computadora hay un ser humano. Hoy en día nos aproximamos bastante a esta frontera: si participamos en un videojuego online, ¿sabemos siempre, sin ninguna duda, quién es un ser humano y quién, una máquina?

Nuestra percepción subjetiva de las cosas siempre es parcial, sesgada. Y la realidad, mal que nos pese, acostumbra a ser contraintuitiva.

Entonces llega el turno de la ciencia. La ciencia está capacitada para explicarnos cómo funciona una Inteligencia Artificial (y luego nosotros decidimos si queremos conferirle a ésta derechos y deberes humanos o no).

Por otro lado, pensad en lo siguiente. ¿Qué es lo que provoca realmente que abriguemos sentimientos positivos hacia un perrito abandonado y no hacia una cucaracha? El perrito se parece más a un Teddy Bear, que a su vez es una copia exagerada de la morfología de un bebé humano. “¡Qué mono!”, decimos, pues la similitud morfológica levanta nuestros resortes evolutivos de cuidar y proteger a un bebé, incapaz como es de sobrevivir por él mismo. Si el perro encima es simpático, no podemos evitar atribuirle parámetros humanos, tal y como sucede con los ositos de peluche.

Por esa razón nos apetece abrazar y achuchar a un perrito y, también, aunque no se parezca en nada a nivel biológico, a un trozo de trapo forrado de pelo sintético fabricado en serie por una empresa con sede en China (por ejemplo).

A todos nos extrañaría ver a una persona diciendo a una cucaracha “qué mona”. Aunque se le asegurase a esta persona que la cucaracha es completamente inofensiva.

Y ahí es donde de nuevo es importante el papel de la ciencia: para aclarar por qué nos sentimos más próximos sentimentalmente, empáticamente a un trozo de trapo antes que a un ser vivo como una cucaracha, una hormiga o una babosa. Para explicarnos por qué damos por sentado que un perrito es más inteligente o se parece más a nosotros que una maraña de píxeles en la pantalla de nuestro ordenador.

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