Una tortuga gigante de 194 años revela secretos de su longevidad: según un estudio, algunos de sus interruptores genéticos parecen los de una de cinco años

Tortugas Gigantes Estudio Longevidad
  • Jonathan vive en la isla de Santa Elena y ha superado en unos cien años el límite de vida estimado para las tortugas gigantes de Aldabra

  • El trabajo, publicado en Science Advances, apunta a genes ligados a las mitocondrias y a la reparación del ADN, aunque no demuestra que sean la causa

Redacción Xataka Ciencia

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Jonathan, una tortuga gigante de Aldabra, tiene unos 194 años, y podría decirse que es la turtuga más vieja del mundo, de acuerdo a estimaciones surgidas a razi de un estudio que se ha realizado en base a su ADN. Su material genético sugiere que parte de su maquinaria genética se ha mantenido ordenada, con un aspecto parecido al de una cría de cinco años, casi siendo “eternamente joven”. Luego no es de extrañar que haya entrado en Guinness como el animal terrestre más longevo conocido, con un nacimiento calculado hacia 1832.

Llegó a la isla como regalo para Sir William Grey-Wilson, que más tarde sería gobernador del territorio, y ha pasado buena parte de su vida en los jardines de Plantation House, la residencia del gobernador. El mismo estudio estima, a partir de registros de zoológicos, que la esperanza de vida media de su especie ronda los 80 años, con un límite superior de unos 94. Y aquí es donde empieza la curiosidad por esta tortuga tan longeva, y con un desarrollo para descubrirlo que fue todo menos fácil.

Durante las primeras investigaciones, el Gobierno de Santa Elena no permitió extraerle sangre para evitar cualquier riesgo de infección, así que el equipo tuvo que conformarse con raspados de la mucosa bucal y saliva. Con ese material secuenciaron su genoma y lo compararon con el de Tank, otra tortuga de Aldabra de 36 años, o con el del Solitario George, la tortuga de Galápagos ya fallecida; finalmente, se compararon sus datos con genes humanos.

De los 2.629 genes relacionados con la longevidad que ya estaban catalogados, 287 presentan en Jonathan variantes exclusivas que podrían alterar la estructura o la función de sus proteínas. Un análisis computacional señala 41 de ellos como potencialmente importantes, que tienen que ver con la reparación del ADN, la protección de los telómeros -los extremos de los cromosomas-, y la supresión de tumores. En esencia, Jonathan tiene además diez copias del gen de la perforina, frente a las siete del Solitario George. Como explica la nota de Reuters recogida por Cyprus Mail, se trata de una proteína con la que el sistema inmunitario ayuda a eliminar células envejecidas y cancerosas.

Pero lo más llamativo no está en las variantes, sino en los interruptores. Justo delante de cada gen hay un tramo de ADN, el “promotor”, que decide en buena medida cuándo se enciende o apaga. De su funcionamiento se ocupan parcialmente unas marcas químicas, la metilación, que con la edad tienden a desordenarse. Al comparar a Jonathan con otras cuatro tortugas de Aldabra de distintas edades, (la más joven de cinco años) el equipo encontró 272 promotores que en él seguían tan ordenados como en los ejemplares jóvenes, mientras que en las otras dos adultas ya mostraban desorden. En el conjunto del genoma, el desorden de Jonathan era en realidad mayor que el de las tortugas jóvenes, salvo en los promotores.

Señalar que de los genes asociados a esos 272 promotores, 35 están relacionados con las mitocondrias, las centrales que transforman los nutrientes en energía para la célula. Los autores proponen como modelo hipotético, un círculo virtuoso: un buen suministro de energía facilitaría la reparación del ADN y mantendría estables los interruptores, y a la vez ese orden, sostendría la producción de energía. El propio estudio recuerda que un análisis de una mujer de 117 años también encontró una función mitocondrial inusualmente eficiente, una coincidencia que medios como TechNews interpretaron como posible pista de longevidad compartida entre especies.

Por su parte, el ecólogo Justin Gerlach, de Peterhouse de la Universidad de Cambridge, destacó en declaraciones a Earth.com los resultados sobre regulación genética, porque muestran cómo los reguladores de los genes se deterioran con el tiempo y dan lugar a muchos rasgos del envejecimiento. Gerlach, conviene aclararlo, es uno de los coautores del trabajo.

No obstante, hay un problema con estos datos, y es el tamaño de la muestra. Todo se apoya en Jonathan y en otras cuatro tortugas, y los autores reconocen que sus datos no bastan para establecer una relación causal, que hacen falta más animales para saber si estos patrones son exclusivos de las tortugas de Aldabra o reflejan algo general del envejecimiento. Según el mismo reportaje de Earth.com, la fundación Kallel, que dirigió la investigación, seguirá estudiando especies longevas y aspira a probar en humanos fármacos genéricos dirigidos a esas rutas, las que posibiliten aumentar la longevidad.

Foto | Norbert Nagel (vía Wikimedia Commons)

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