
El investigador critica la falta de compromiso político de las autoridades europeas para tratar a estos felinos como una amenaza para la biodiversidad
Según los datos de la Asociación Española de la Industria y el Comercio del Sector del Animal de Compañía (AEDPAC) citados en una entrevista de National Geographic España, el 48% de los españoles convive con un animal de compañía y ocho de cada diez lo consideran un miembro más de la familia. Unos datos que ha perfilado el ecólogo Miguel Ángel Gómez-Serrano, profesor de Microbiología y Ecología en la Universitat de València, por la otra cara de la tendencia: qué hacer con los perros y gatos que dejan de ser domésticos y se adentran en la fauna salvaje.
Su postura cabe en una frase: Los gatos asilvestrados “cumplen todos los criterios para ser clasificados como especie invasora”, pero las autoridades “han evitado en gran medida reconocer esta designación”. La razón es básicamente política, pues según el investigador, “resulta evidente que las autoridades europeas carecen actualmente del compromiso político necesario para incluir a los gatos en la lista de especies invasoras”.
Gómez-Serrano es autor de un estudio en Biological Conservation, publicado en 2025, sobre los conflictos entre animales de compañía y fauna silvestre y las oportunidades para regularlos legalmente. Para él, los animales de compañía no deberían interactuar con los silvestres, ya que esas interacciones conllevan riesgos: molestias, muerte de animales silvestres, transmisión de enfermedades, competencia por los recursos y posibilidad de hibridación. Su punto de partida son los números: cerca del 44% de los hogares de la Unión Europea (UE) tiene un animal de compañía, en el 90% de los casos un perro o un gato, y al menos seis de cada diez europeos tienen contacto regular con ellos. Añade que la tendencia se aceleró con la pandemia de COVID-19 y que, lógicamente, ha aumentado el número de perros y gatos que deambulan al aire libre.
Y claro, el caso más llamativo es el de los gatos. Gómez-Serrano recuerda que se consideran uno de los depredadores invasores más dañinos para la biodiversidad y desgrana las cifras. Un trabajo de Medina y colegas de 2011 los vincula con el 14% de las extinciones de fauna en islas. Esa estimación la amplió después un equipo liderado por Doherty en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), en 2016: los gatos están asociados a 63 extinciones de aves, mamíferos y reptiles desde 1500 (40 aves, 21 mamíferos y dos reptiles), el 26% del total mundial de extinciones modernas de esos grupos, y no solo en islas. Si se suman las especies amenazadas según la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), en su versión de 2014, la cifra sube hasta 430 entre extinguidas y amenazadas.
Los roedores invasores acumulan todavía más extinciones, 75 según el mismo estudio, el 30% del total. Aun así Gómez-Serrano subraya que el caso de los gatos resulta más llamativo, ya que su origen en el medio natural está asociado al ser humano: proceden de mascotas.
Otro frente es el método CER (captura, esterilización y retorno), que consiste en capturar gatos callejeros, esterilizarlos y liberarlos de nuevo, por lo general en el mismo lugar. Estos programas pretenden reducir las poblaciones con el tiempo, pero Gómez-Serrano afirma que la evidencia científica ha demostrado que, en lugar de reducirlas, “las colonias persisten e incluso pueden aumentar de tamaño”. Entre las causas cita campañas de esterilización poco intensas, la dificultad de capturar a todos los gatos antes de que tengan descendencia y la llegada continua de nuevos ejemplares, por nuevas liberaciones o por dispersión desde otros núcleos. Dicho de otra forma, al devolver los gatos a la misma colonia, el problema se perpetúa.
Los perros entran en la ecuación por las playas. El investigador defiende que “no cabe duda de que las actividades recreativas con mascotas en espacios naturales deberían estar reguladas”. Recuerda que buena parte de las actividades deportivas o recreativas en la naturaleza ya lo están, como el senderismo en determinados espacios protegidos, la circulación de vehículos por caminos o el uso del fuego para cocinar, y que regular la presencia de mascotas forma parte de la prevención de daños ambientales y debería incorporarse a la legislación sectorial, además de la de los espacios naturales protegidos.
Su ejemplo es el chorlitejo patinegro, un ave que nidifica en la estrecha franja que va desde las dunas móviles hasta la orilla del mar. Al construir el nido directamente en la arena, tanto los nidos como los adultos que incuban quedan expuestos a los depredadores, pero también a los perros sueltos, a los que las aves ven igualmente como posibles depredadores. Añade que algunos perros persiguen a las aves para capturarlas o, atraídos por el olfato, depredan sobre pollos y huevos. Aunque el acceso de perros, atados o no, está prohibido en la mayoría de las playas (salvo las caninas autorizadas), advierte de un bajo nivel de cumplimiento por parte de muchos propietarios, y de que las aves suelen desertar de las playas frecuentadas por perros, de modo que se quedan sin lugares para criar y descansar.
Sobre qué podrían hacer las instituciones europeas sin generar rechazo social, el investigador señala que no existen normativas europeas que aborden los problemas derivados de la interacción entre animales de compañía y especies silvestres, y que hay diversas soluciones en función del tipo de mascota o del impacto generado. Sí existe, a su juicio, el marco jurídico para actuar con los gatos: el Reglamento 1143/2014 relativo a la prevención y gestión de la introducción y propagación de especies exóticas invasoras. Plus: sostiene que las directivas de aves y hábitats imponen obligaciones clave, sobre todo dentro de la Red Natura 2000, y que exigen a los Estados miembros prohibir o controlar a los gatos que deambulan libremente por la calle para mitigar la depredación y las molestias a los animales silvestres.
También pide que la Comisión Europea anime a los Estados miembros a frenar el declive de las aves silvestres vinculado a los paseos con perros en sus zonas de cría, alimentación y descanso. Por ejemplo, con la prohibición de pasear perros fuera de los espacios designados para ellos dentro de las áreas protegidas de la Red Natura 2000 (zonas de especial protección para las aves, ZEPA, y zonas especiales de conservación, ZEC), con regulaciones aplicables en todos los países de la UE.
Sobre las colonias felinas, Gómez-Serrano recuerda que, según el derecho internacional (el Convenio sobre la Diversidad Biológica, el Convenio sobre las Especies Migratorias y la Convención sobre la Protección del Patrimonio Mundial Cultural y Natural de 1972, de la UNESCO), muchas autoridades nacionales están obligadas a adoptar políticas para prevenir y mitigar el impacto de los gatos domésticos que viven en libertad sobre la biodiversidad. A su juicio, las autoridades incumplen sistemáticamente esos requisitos, alegando preocupaciones éticas, problemas de viabilidad e, “inexplicablemente”, incertidumbre científica. Afirma que numerosos estudios en países de todo el mundo han demostrado que la libertad de movimientos de las mascotas con propietario y de los gatos de colonias produce daños a la vida silvestre.
De ahí deduce que los responsables de esas mascotas no hacen lo suficiente por evitar esos daños y que hay una responsabilidad que no se cumple conforme a la legislación vigente. Para él, la percepción social de los propietarios que abogan por el “bienestar” de sus animales permitiéndoles salir de casa sin custodia, o de los simpatizantes de las colonias felinas, no puede prevalecer sobre la legislación ambiental que protege a las especies silvestres de los daños causados por las actividades humanas.
Foto | Miguel A. Gómez-Serrano (via National Geographic)
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